29 de octubre de 2011

DESPERTARES

1

“…no se ponen de acuerdo sobre el origen de esta devastadora crisis, culpando de la misma al mercado de valores, al consumismo exacerbado, a la política económica de los gobiernos o, simplemente, al chachachá. Mientras, las aplastantes cifras de desempleo provocan que miles de familias se hundan sin remedio en la miseria más absoluta y bla, bla, bla…”

La deshumanizada voz del locutor radiofónico, procedente del flamante radio-despertador último modelo, le sacó del reparador sueño. Con desdén, el hombre cayó en la cuenta de que había olvidado poner la alarma del aparato en off la noche antes. Su intención de levantarse tarde esa mañana se había ido al garete. No le importó. Podría aprovechar mejor el día libre que se había tomado si se levantaba temprano.

Al abrir los ojos, en seguida se reconcilió con su habitual buen estado de ánimo. El sol de aquella maravillosa mañana de verano se filtraba a través de unos visillos celestes que cubrían tenuemente la puerta de PVC blanco y doble acristalamiento que daba a la coqueta terraza exterior, dotando al dormitorio de una relajante atmósfera que le hizo sentir, una vez más, en el paraíso. “¿Crisis qué crisis?”, fueron las palabras que salieron por su reseca garganta mientras desperezaba su cuerpo con un intenso estiramiento corporal que hizo crujir ligeramente sus articulaciones. Un ágil salto le sacó del confortable colchón de látex que perfeccionaba el sofisticado diseño de su moderna cama. Tras una breve visita a un monísimo cuarto de aseo anexo al dormitorio, se atavió unas deportivas mallas negras y camiseta roja sin mangas, talla 38, que dejaban ver sus musculosos y definidos brazos. “Horita y media de gimnasio; un buen desayuno; paseíto con la familia con cervecita incluida; pedazo de almuerzo en el mejor restaurante del centro comercial; siesta y agradable velada vespertina en el club social. Recogida y cierre” repasaba el orden del día mientras se calzaba unas caras zapatillas de running.

Desbordante de optimismo recorrió el pasillo que llegaba a la cocina, avanzando indiferente ante los cuadros con motivos abstractos que su decorador había allí colocado. Nunca se había parado a contemplarlos con detenimiento, al menos no más allá de lo necesario para comprobar lo bien que combinaban con el estuco de la pared. Al abrir la puerta que daba acceso a la cocina, encontró más motivos de satisfacción. Una tonificante claridad natural inundaba la estancia a través del gran ventanal desde el que se divisaba el amplio jardín y, más allá, el campo de golf del que era socio. Con todo, el verdadero regalo para sus ojos era la presencia allí de su joven esposa. Dándole la espalda, ella cortaba con sinuosa suavidad finas lonchas de un jamón de pata negra que se exhibía lustroso en una tabla. La bella mujer estaba lista para su partido de paddle. Una ajustada camiseta marcaba su grácil espalda y sus sinuosas caderas; la falda, estudiadamente corta, dejaba ver las prietas carnes de sus muslos. Definitivamente, pensó él con deleite, los embarazos no habían dejado huella alguna en su privilegiado cuerpo.

Como reaccionando a una señal telepática la mujer giró su cabeza y, encontrando sus ojos, le regaló una relampagueante sonrisa. El hombre se acercó despacio, casi de puntillas, hasta hacer contactar su endurecida pelvis con las nalgas de la mujer. Sus labios rozaron suavemente la oreja derecha de la joven. Ella, dejando el cuchillo, cerró los ojos y echó su cabeza con suavidad hacia atrás.

- ¿Y los niños? – preguntó él con un susurro.
- Lo suficientemente dormidos – contestó ella, de la misma forma.

Apenas cinco minutos después, la joven pareja se recomponía las ropas mientras intercambiaban sonrisas picaronas. Le encantaban aquellos polvetes mañaneros. Tenían ese puntito trasgresor y de aquí te pillo aquí te mato del que carecían los contactos nocturnos. Un surtido de besos y achuchones le acompañaron hasta la puerta, desde donde el hombre saltó al interior de su reluciente descapotable. El vigoroso rugido del motor añadió más vitalidad a su ya exuberante ánimo. Dejando atrás la casa, se incorporó a la autovía como una exhalación.

“¿Se puede ser más feliz?” se dijo a sí mismo mientras, aspirando profundamente el aire aún fresco de la mañana, atravesaba uno de los viaductos por los que discurría el intenso tráfico de esas horas. Enumeró, como tantas otras veces, las preciadas joyas de la corona que componían su confortable existencia: tenía un trabajo liviano por el que recibía un elevadísimo salario; vivía en un precioso chalet de arquitectura vanguardista y con todas las comodidades imaginables; unos hijos que crecían sanos y felices y una maravillosa mujer que cubría todas sus necesidades. Entusiasmado ante lo excelso de su vida, hizo sonar rítmicamente el claxon del deportivo. Al cabo de unos segundos de desaforado concierto, constató sorprendido como algunos de los coches que circulaban sobre el viaducto le acompañaban en su improvisada interpretación. Muy pronto, todos los conductores que le rodeaban se habían sumado a la experiencia sonora. Una sensación de completo éxtasis le embargó al comprobar como la maraña de metálicos sonidos daban forma a una grandiosa sinfonía que, dirigida por un majestuoso ángel de blancas alas, proyectaba toda su magnanimidad hacia el radiante cielo de la mañana.

Maravillado, apenas pudo apreciar la ligerísima sensación de amargura que comenzó a formarse en su boca. De repente, todo empezó a desvanecerse a su alrededor.

2

El incesante bramar de los cláxones de cientos de coches le sacó bruscamente de su etílico amodorramiento. Otra vez había retención sobre el viaducto bajo el que vivía. Lo primero que vislumbraron sus entreabiertos ojos fue el inmenso cerco de sudor que su cabeza había trasvasado a la deforme almohada. Una suerte de insalubre efecto invernadero, producido por los materiales con los que había apañado su destartalada chabola, provocaba en su interior un asfixiante y enfermizo calor.

Levantándose muy despacio, el hombre quedó sentado al borde del trozo de sucia espuma que le servía de colchón. Tras hurgarse la nariz y, con el mismo dedo, extirpar las legañas que poblaban las esquinas de sus ojos, levantó la cabeza y se encontró de frente con la inquisidora mirada de su mujer. Sin levantarse y observándola de arriba abajo con parsimonia, él dejó caer una larguísima meada en una escupidera que amenazaba con desbordarse. Aunque bastante delgada, el cuerpo de su esposa no tenía nada de atractivo. Los embarazos habían convertido su abdomen en una informe masa desprendida, imposible de camuflar con las desgastadas ropas que, de vez en cuando, miembros de alguna ONG. les arrojaban desde lo alto del viaducto. Tenía sus famélicas piernas salpicadas de azuladas varices, apenas disimuladas por el oscuro vello que las cubrían. La mujer fregaba los pocos platos y vasos de los que disponían en una especie de palangana, de la que sobresalía una densa espuma amarillenta que descansaba sobre un agua sucia que servía tanto de fregado como de aclarado.

El hombre se levantó con desgana y recorrió los apenas dos metros que le separaban de la mil veces reparada mesa sobre la que la familia se daba el lujo de comer algo cada vez que podía. Una vez sentado sobre un taburete de patas oxidadas, la mujer le puso por delante una taza de leche a la que le faltaba el asa. No se iba a quemar: el hornillo con el que cocinaban llevaba tres días sin gas. Llevándose la taza a los labios, bebió parte de la leche con ruidosos sorbos. Estaba agria. “Normá, con estas calore”, pensó. “Qué farta nos haría una neverita”, continuó pensando.

Su mujer se volvió entonces como un resorte, encarándolo desafiante y con expresión amargada. “Cagonlaputa, ya va a empesá esta con las bronca”, profetizó él. Resoplando con furia, la poco agraciada hembra cumplió el vaticinio, levantando la voz sobre un llanto largamente contenido:

- ¡¡Oye, tú!! ¿Anoshe qué?- bramó.
- ¿Qué de qué?- preguntó él sin mirarla y limpiándose con el dorso de la mano los blancos chorreones que le caían por la barbilla.
- ¿¿Que qué de qué?? ¿¿Que qué de qué me va desí?? ¡¡Que te estoy preguntado por lo de anoshe, cabronaso!!- Precisó ella sin darle tregua.
- Venga ya mujeeé. Ya verá como no pasa naaá- Contesto él, arrastrando las palabras con indiferencia.
- ¡¡Que no pasa ná!! Claro. ¡¡Que no pasa ná!! ¡¡Qué jartita me tiene, hijo, pero que jartitaaa!! ¡¡Siempre pasa lo mismo, tú diciendo “no pasa ná” y yo venga a parí niño!!- Exclamó ella, estallando en sollozos.

El hombre apuró la taza. Los últimos sorbos de leche se confundieron con los de la mujer al intentar devolver a su origen las dos velas de mocos que, viscosas, empezaban a introducirse en su boca. Él, levantándose, se le acercó y, alzando la mano con el puño cerrado, hizo un violento ademán de golpearla. La mujer, encorvándose y cubriéndose la cabeza con sus manos, suplicó de forma lastimera:

- ¡No me pegue! ¡¡No me pegue, por favó!!
- Hija la gran puta…¡¡Ya te quiero vé callá!!- amenazó él con salvaje vehemencia.

Una vez sofocada la incipiente rebelión doméstica, más calmado, introdujo una mano en el bolsillo de las desgastadas bermudas que siempre llevaba puestas y sacó un puñado de colillas. Escogiendo la más larga, la encendió y se dispuso a salir de la chabola.

- ¿Y los niño? – preguntó antes de salir.
- ¿Los niño? Estudiando en la Complutense ¡No te jode!- ironizó ella, jugándose el tipo. - ¿Dónde van a está? ¡Por ahí, casando rata y cucarasha!

Él sonrió levemente ante la ocurrencia de su mujer y salió al exterior. Caminando lentamente, recorrió varios metros entre escombros y desperdicios hasta llegar al inmenso pilar del viaducto, donde apoyó su espalda con pereza. Analizando con la vista el entorno, divisó el vertedero al que acudía a diario a buscar algo con lo que seguir malviviendo. Más cerca, vio un grupo de niños que, oscurecidos por la mugre, jugueteaban divertidos saltando descalzos sobre una maloliente y ennegrecida charca. Había veces que olvidaba el número de hijos que tenía. Demasiados, en todo caso. “A vé si va a tené rasón la puta esta”, murmuró para sus adentros.

Sus ojos se posaron sobre su hija mayor, ya casi una adolescente. Se extrañó, una vez más, de haber engendrado una niña tan hermosa. Relamiéndose, se recreó en las redondeadas formas de la niña, en particular en los asientos adiposos que asomaban por encima de su apretado pantalón y por debajo de una estrecha camiseta. Unos oscilantes senos juveniles se marcaban con claridad a través de la humedecida prenda. “Con lo mala que está la cossa, y las carne que tiene la joía”, pensó, mientras una depravada quemazón crecía en su interior.

Arrojando la colilla y humedeciendo de nuevo sus labios, el hombre reanudó su caminar, esta vez en dirección a la niña, con una febril mirada siempre clavada en ella.

Sí. Le encantaban esos polvetes mañaneros.


FIN

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