29 de marzo de 2010

Un libro: Ensayo sobre la ceguera - José Saramago (1995)

8/10

Como casi todo hijo de vecino, quien esto escribe – individuo poco versado, triste verdad, en literatura- tenía conocimiento de la existencia de un escritor portugués llamado José Saramago. Los medios de comunicación españoles siempre le han tenido bastante en cuenta, llevando al dominio público los habituales homenajes que se le brindan, su acérrima militancia comunista, sus frecuentes rifirrafes con la Iglesia Católica y, como no, el Premio Nóbel de 1998. Para paliar en lo posible tan acusada falta y atendiendo una oportuna recomendación, nada mejor, pensé, que atacar la lectura de Ensayo sobre la ceguera, título responsable de la concesión del Nóbel, y cuya reducida sinopsis paso a reproducir.

Son un país y una ciudad desconocidas, en un periodo indefinido pero actual. Un hombre que espera en un semáforo reclama ayuda desesperado porque, repentinamente, tiene la sensación de estar sumergido en un mar de leche. Lo ve todo blanco: se acaba de quedar ciego. Alguien le acompaña a casa y posteriormente es llevado por su mujer a un oculista, donde esperan varias personas a ser atendidas. Poco después, todas estas personas están ciegas. Las autoridades bautizan el fenómeno como Mal blanco, y pronto los afectados, que empiezan a multiplicarse, son considerados como apestados a los que hay que aislar a toda costa. Un viejo manicomio abandonado carente de las mínimas condiciones de habitabilidad será el destino de los enfermos, sometidos a vigilancia militar dispuesta a acabar con todo aquél que pretenda salir del recinto. Conforme el mal se va extendiendo implacable, la gente desciende a unos niveles de bajeza e indignidad inimaginables. Pero la nobleza humana siempre se abre camino, gracias en este caso al espíritu de lucha de la única persona a la que no le ha afectado la infame plaga.

Ensayo sobre la ceguera es una novela impactante, impresionante, brutal. Relata cruda y despiadadamente un argumento que no por improbable resulta menos aterrador. Aunque –a pesar del título- se trata de una ficción, la historia contiene todos los mensajes que sobre el hombre y su relación con el entorno se quieran extraer. Ahí va el mío:
El ser humano desarrolla su existencia en medio de un delicado equilibrio al que la más mínima tara puede afectar de forma definitiva. A menudo nos preguntamos qué sería de nosotros sin toda esa tecnología que utilizamos para organizar y controlar nuestras vidas, o qué pasará el día que se agoten los recursos energéticos de los que dependemos. Pero rara vez nos planteamos qué ocurriría si perdiéramos los mecanismos perceptores de todo lo que nos rodea. La vista es la reina de todos esos mecanismos, porque la humanidad podría salir adelante si perdiera la capacidad de captar sabores, aromas, texturas o sonidos, pero si perdiéramos la capacidad de ver, las consecuencia serían muy cercanas a lo que nos cuenta Saramago: El desgobierno llegaría a ser total; los servicios –agua, gas, electricidad, transportes, recogida de residuos...- dejarían de funcionar; los alimentos se agotarían sin posibilidad de reposición; el hambre sacaría a familias enteras de sus domicilios, a los que luego no podrían volver por no poder reconocer el camino de retorno; muchos no serían capaces de llegar a un lugar adecuado donde evacuar, con lo que pronto montones de inmundicias inundarían cada rincón... El caos absoluto, la debacle total, y un camino probable hacia la extinción de nuestra especie.

Si la historia es en sí misma deprimentemente atractiva -permítaseme el contradictorio calificativo-, qué decir de la forma de escribir de Saramago. Pues, antes que nada, lo primero que salta a la vista es que el portugués se sirve de un estilo nada convencional, sobre todo en lo que a los diálogos se refiere, ya que no utiliza los típicos guiones para diferenciar cada línea de diálogo, sino que éstas están alojadas dentro de los párrafos, siempre después de una coma y con mayúscula en su comienzo. Además, los personajes carecen de nombre, siendo identificados con alguna característica –la mujer del médico, el primer ciego, el niño estrábico, el ladrón de coches...- Un curioso recurso que, sin embargo, provoca cierta confusión en algunos pasajes, con momentos en los que no se tiene claro cuál de los personajes está hablando. Por lo demás, la prosa de Saramago consigue trasladar al lector toda la carga de pesimismo y desesperanza de los protagonistas (“Tumbados en los camastros, los ciegos esperaban que el sueño se compadeciera de su tristeza”), así como imágenes metafóricas que encontré realmente atractivas (“Ha amanecido el día. El primer sol todavía acecha por encima del hombro del mundo antes de esconderse otra vez entre las nubes”).


Afortunadamente, siguiendo con el argumento de la novela y para finalizar, no todo el mensaje es tan radicalmente negativo. La solidaridad se hace presente en el grupo humano protagonista de la historia, ayudado por el mencionado personaje inmune al mal. A pesar de la extrema situación por la que están pasando sus existencias, del egoísmo y la indiferencia hacia los demás reinantes, el grupo humano se las va apañando para sobrevivir. Atrás van dejando sus esperanzas y gran parte de su dignidad, aguantando a durísimas penas la dramática situación y con la esperanza de que, algún día, las nubes se abran y dejen pasar los rayos del sol de la esperanza –metáfora poco currada, ya lo sé-, cosa que, por supuesto, no voy a desvelar si finalmente ocurre o no.