12 de junio de 2009

Re-flexionando: Y el bueno de Carl se preguntaba...

La cosa espiritual siempre ha sido fiel compañera de mi existencia. Desde pequeñín, las eternas preguntas que siempre se ha hecho la humanidad ¿de dónde vengo? ¿adónde voy?, más allá de parecerme la letra de una rumbita salerosa, han ocupado mis pensamientos de forma incesante. Aunque no se trate de un asunto estrictamente espiritual, las dichosas cuestiones se han manifestado sobre todo en momentos muy especiales, como aquel en que se me ve, en algún lugar cercano al faro de Trafalgar, o sobre una roca en plena Sierra de Grazalema, tumbado sobre una gran duna de arena (toma pleonasmo), solo, y maravillado con el sobrecogedor espectáculo de un cielo nocturno en toda su inmensidad, identificando la Vía Láctea, Júpiter, Venus, el cinturón de Orión, Aldebarán... y algún astro más, que fue para lo poco que dio un cursillito de astronomía que hice hace ya mucho tiempo.

En muchas ocasiones la respuesta a todo fue Dios. Un Dios escurridizo, empeñado en esconderse y al que había que buscar. Nunca me sirvieron las respuestas tipo "esto es lo que hay" que ofrecen los diferentes credos, con lo que la certeza de un Dios creador de todo se vio eclipsada infinidad de veces por dudas de todos los colores, cuando no de convencimiento absoluto en su inexistencia.

Para ayudar a explicar mi actual posición en lo que a este tema se refiere, no encuentro nada mejor que este pequeño vídeo, un extracto de la serie Cosmos, de Carl Sagan, en el que de una forma sencilla pero eficaz, se plantea la posibilidad de la no existencia de Dios, simplemente añadiendo otra pregunta a la lista: ¿Quién creó a Dios?

"En muchas culturas (hablando de la creación del Universo), la respuesta habitual es que un dios o unos dioses, crearon el Universo a partir de la nada. Si queremos profundizar valerosamente en esta cuestión debemos, naturalmente, hacernos la pregunta inmediata: ¿de dónde viene Dios? Si decidimos que ésta es una pregunta imposible de resolver ¿por qué no saltarnos un escalón y concluir que el origen del Universo es una pregunta sin respuesta? O si decidimos que Dios siempre ha existido ¿por qué no saltarnos un escalón y concluir que el Universo siempre ha existido, que no hay necesidad de una creación porque ha estado aquí siempre?"

Pos eso. Sencillo pero eficaz.


10 de junio de 2009

Un disco: DIE APOKALYPTISCHEN REITER - Licht (2008)

9 / 10

A pesar de estar considerados como auténticas celebridades en su Alemania natal; de su trayectoria, que empieza a ser larga pues llevan 13 años de existencia; de su nutrida discografía y de la inmensa calidad de su música, Die Apokalyptischen Reiter (bendito sea el copia-pega) son prácticamente desconocidos por estos lares, así que aprovecharemos la apabullante difusión mundial de este blog para promocionarlos como se merecen en este nuestro suelo patrio.

Licht (brillo), es el nombre de la última entrega de estos “Jinetes del Apocalipsis”, y aparte de lo buenos que son, llama la atención el variado abanico de estilos en los que se manejan, siempre dentro del sonido rotundamente metálico que ofrece cada canción. DAR se mueven en un amplio espectro que va desde el Death al Punk, pasando por el Folk Metal, aunque en este disco esta ultima faceta esté menos presente. Lo que sí está presente y mucho es una estructura bien definida de los temas: estrofas más o menos contenidas, aunque sin perder ni un ápice de intensidad, y estallido apoteósico en forma de unos tremendos coros, todo ello salpicado de toques melódicos por aquí y por allá, ejecutado con un nivel instrumental apabullante y una voz, la de su frontman, de nombre Fuchs, poseedor de unos versátiles registros aplicables tanto a la más sutil de las melodías como al Death Metal más devastador. Es lo que tiene el escuchar discos de forma indiscriminada. Te encuentras con auténticas joyas, la inmensa mayoría de ellas producidas por gente de la que desconoces todo. Pero DAR han superado todas las previsiones, porque el genial revoltillo de estilos que crean los hace realmente originales. Y para muestra, tres botones:

La primera de estas tres muestras de poder y sensibilidad, es el tema Es wird schlimmer, que abre Licht de forma impactante, arrollándote con un riff y doble bombo realmente bestiales, y que supone un claro ejemplo de su faceta más Death. Demoledor.



Seguimos con Nach der ebbe, bellísimo medio tiempo que se convierte en auténtico himno allá por los coros. Lo de himno no es casualidad, ya que recuerda un poco a Hatikva, el símbolo musical de Israel.



Y por último, la genial Eruption, vídeo con el que los conocí, cuyo increíble coro (vale, estribillo) no hay quien me lo saque de la cabeza, y que te invita a moverte hasta la extenuación. Algo realmente grande.



4 de junio de 2009

VideoLink: Breve historia de dos gilipollas

Viernes noche. Ponen "21 días machacando el cuerpo". Y aparecen estos.

Sin comentarios. Solo decir que al parecer no se puede ser feo, ni gordo, ni ir los domingos a la playa. Somos "chusma".

Una peli - Orgullo y prejuicio (2005)

10/10


Me ocurre muchas veces, a la hora de valorar un trabajo de alta calidad, que soy reacio a colocar un 10 en la calificación, por mucho que la obra en cuestión lo merezca. Debo de haber heredado los vicios de algún que otro profesor, que en mi época de estudiante parecía tenerle grima a la decena, porque por más que estudiaba nunca lograba pasar del habitual 9 en mis calificaciones. (Ahora viene la parte en la que quien lea esto realmente se lo cree).

Con Orgullo y prejuicio me ha pasado algo así. Le he dado vueltas a los diferentes aspectos que componen una película, buscando el más nimio motivo para no concederle la máxima nota, pero no encontré ninguno. Interpretaciones perfectas; puesta en escena impecable; fotografía mágica; música sublime y un argumento que se desliza a través de una preciosa historia de amor, sin caer en ningún momento en la sensiblería almibarada. Argumento del que, por cierto, procede efectuar una breve reseña. Hela aquí:

Basada en la novela homónima de Jane Austen, Orgullo y prejuicio cuenta la historia del matrimonio Bennet, granjeros acomodados usufructuarios de una respetable hacienda, que tiene cinco hijas a las que la madre está deseosa de casar con hombres de alcurnia más elevada, dado que a la muerte del padre y puesto que no hay descendiente varón, gran parte de sus posesiones se perderían. La ocasión la pintan calva con la visita a la hacienda de un rico soltero, al que la madre ve como marido ideal para su hija mayor, Jane. El ricachón viene acompañado de su arrogante amigo el Sr. Darcey, quien entabla una, en principio, tensa relación con la segunda hija del matrimonio, Elisabeth, verdadera protagonista del film y magistralmente interpretada por la grácil Keyra Knightley. A partir de aquí, comienza el genial rosario de intrigas amorosas.

Porque lo que prima en esta, digámoslo ya, obra maestra, es ante todo el amor y el romanticismo, bien secundado por la ingenuidad y la alegría, maravilloso revoltijo que encuentra su alojo en una historia de juventud enmarcada en las rígidas costumbres sociales de la Inglaterra georgiana (ss. XVIII y XIX), que afectan de lleno a las estrictamente delimitadas clases sociales, convirtiendo a las hijas de las familias de clase media en simple mercancía, intercambiable por prestigio social, cuando no por simple supervivencia. Pero incluso este aspecto pierde en la película el carácter mezquino que cabría otorgarle, adquiriendo unos suaves matices rayanos en la simpatía.


Por último, y una vez recomendado este poema romántico hecho cine, destacar la labor del director John Wright en este su primer trabajo para la gran pantalla, dado que anteriormente solo tenía en su currículum un par de cosillas para la televisión inglesa. No he investigado mucho más sobre él, pero resulta admirable que un director, en su ópera prima, construya una obra para ser recordada por siempre y jamás. Y cómo no el elenco de actores, destacando, como ya dije antes, una Keyra Knightley que alcanza una cota interpretativa para la que se me ocurren varios calificativos, todos ellos sinónimos de sublime. En contraste, eso sí, con trabajos suyos anteriores en mayúsculos bodrios. Y no quiero señalar a la segunda y tercera entregas de Piratas del Caribe, no.

3 de junio de 2009

Un libro: El señor de las Tinieblas - Alberto Vázquez Figueroa (2001)

6,5/10

Andaba yo el otro día por los pasillos de la biblioteca pública dolorido y decepcionado. Dolorido de tanto giro de cabeza a uno y otro lado, que mira la manía de poner los títulos sobre el lomo ora hacia arriba, ora hacia abajo. Y decepcionado, por no haber encontrado ninguno de los tres o cuatro títulos que buscaba. Decidí dejarme llevar por el aspecto visual de los volúmenes, sistema que habitualmente seguimos para decorar nuestras domésticas estanterías y darles un aspecto más lustroso. El sistema no tardó en funcionar, puesto que de inmediato vislumbré la novela que hoy toca comentar.

Lo del aspecto visual no es baladí, dado que unas llamativas letras rojas sobre el negrísimo fondo de una gastada cubierta, en la que se alojaban amarillentas y desvencijadas hojas, parecían identificar la obra que contendría la clave para franquear las puertas del mismísimo Averno. Sí, sí, igualito que Lucas Corso en el revertiano El club Dumas.

Pero resulta que no, que El señor de las tinieblas es una novelilla que no tiene nada que ver con el tema satánico. Al menos desde el punto de vista mórbido y oscuro que habitualmente se le da al asunto. Más bien se desarrolla a través de un argumento light y a veces humorístico, que paso a sintetizar.

Bruno Guinea es un investigador cuyo único afán en la vida es encontrar un remedio contra el cáncer. Un buen día se le presenta Satanás (o Lucifer, Belcebú, El Maligno... el personaje imaginario al que más nombres le han puesto, que ríase usted de los nietos del Rey), por supuesto transformado en un señor normal. Éste le ofrece la posibilidad de encontrar el remedio que anda buscando a cambio de poseer su alma para toda la eternidad. Por lo pronto, el argumento no es demasiado original: un pacto con el diablo, algo un poco manido ya, la verdad.

Y la novela tampoco es que sea gran cosa. Es uno de esos trabajos del que cuando te preguntan qué te ha parecido, respondes “distraído”, sin mucho afán. Sin embargo, éste es distraído de verdad. Las peripecias del protagonista a través de la selva ecuatoriana en busca del remedio, siguiendo señales y corazonadas diabólicamente teledirigidas, resultan en una lectura sencilla pero muy amena. Entre constantes peligros, alguna tilde de menos y teorías médicas que supongo discutibles, la historia se encamina con ágil paso hacia el final, que es donde la cosa acaba estropeándose.

Porque el final resulta desmesuradamente corto y poco aclarador. Se diría que el autor no ha sabido cómo terminarla, lo que precipita un desenlace escueto y a todas luces insuficiente, al menos comparado con otros pasajes donde los diálogos se alargan adecuadamente, metafísica incluida. Diálogos en los que, por cierto, sorprende el nivel dialéctico de los indígenas saqueadores de tumbas que acompañan al protagonista, por mucho que sea de todos conocida la facilidad verborreica de los habitantes del cono sur americano.

Se trata en definitiva de una lectura poco pretenciosa, aunque llevada con moderada solvencia, que ahonda en la eterna discusión entre el bien y el mal, Dios y El Maligno, de una forma un tanto ingenua pero divertida, y que además proporciona ciertos datos de interés sobre la cultura incaica y la selva amazónica. Lo malo, repito, es el final, que ha propiciado que mi nota baje del 7 ó 7,5 que pensé en darle durante su lectura, al sosete 6,5 final. Me quedo de largo con Viracocha, la única de este autor que había leído hasta ahora.

26 de mayo de 2009

VideoLinK: Hey Jude (versión karaoke masivo)

Soy un beatlemaníaco puro y duro. Desde que con diez añitos o así descubrí, entre discos de Salomé, Los Brincos y otras perlas que cogían polvo en el hogar paterno, un single con cara A All you need is love y cara B Baby, you're a rich man, los cuatro de Liverpool han sido imprescindibles en mi vida. Pueden pasar meses sin pinchar nada de ellos, pero cuando lo hago, mis sentidos desbordan de emociones. Siempre están ahí, más allá del bien y del mal, trascendiendo toda época y acontecimiento.

Quizá por eso, este vídeo me ha provocado la irrupción de alguna que otra lágrima. Por eso, y porque inunda mi pensamiento de ideas de lo más ingenuas. Ya sabéis, el amor universal y otras quimeras.

Pero sequémonos las lágrimas y pongamos los pies en el suelo, porque al fín y al cabo la finalidad es publicitaria. ¡Pero es tan hermoso!

Una peli: El niño con el pijama de rayas (2008)

5/10

Bueno, pues por fin vi El niño con el pijama de rayas. Han sido varios meses ocupando un valioso Gb en el cada vez más escueto espacio de mi disco duro portátil. Y ahí estaba yo, dándole preferencia a otras cosas que pensaba más digeribles, porque no siempre tiene uno cuerpo para imbuirse en el asunto del Holocausto, tema que el cine ha sabido abordar de forma más o menos eficaz y del que siempre resulta una sensación final (que no “solución”) cercana a lo angustioso. Pero ha sido tanto el bombo que le han dado al libro y, como no podía ser de otra manera, también a su versión en celuloide, que su visionado se había convertido en casi una asignatura pendiente.

Pero resulta que esta no es una película sobre el Holocausto. Que no, que no cuela. Que esta historia podría haber tenido lugar en cualquier otra situación análoga. Su argumento podría encajar igual de bien en la URSS de Stalin, en el Guantánamo cubano o en el sur de África durante la guerra de los Boers. Cójanse a dos niños de ocho años; sitúeseles a ambos lados de una valla y asígneseles roles de inocentes observadores de las circunstancias que les ha tocado vivir; añádanse varios litros de sensiblería y dos puñados de dramatismo fácil; rebájese sin recato el rigor histórico y, una vez decorado con una impecable puesta en escena y las mismas interpretaciones de los niños, sírvase y consúmase de inmediato, no vaya a ser que el influjo del best-seller se evapore y al final tanto correr para llevarlo al cine se quede en nada.

Porque esto es precisamente a lo que huele este caldo: mucha prisa por llevar a la gran pantalla la exitosa novela. Esa prisa que parece provocar cortedad de razonamiento en los guionistas, incapaces de componer un argumento verosímil, donde nada menos que la seguridad y vigilancia nazi son inexistentes, hasta el punto de que los niños mantienen largas conversaciones durante días, verja mediante, sin ser siquiera molestados; donde el mimado infante alemán se queda a solas durante horas con un prisionero judío y donde la puerta por la que escapa de su casa y accede al campo de concentración siempre está abierta...

En quince minutos, la película ya muestra sus cartas, sobre todo con la actitud del chico, cuyas miradas de escepticismo ante los éxitos de su padre no entran ni con calzador. Así y todo, intentas darle las oportunidades que sean necesarias, en aras de, por lo menos, disfrutar de una historia tan dramática como irreal. Pero la acumulación de situaciones ilógicas es aplastante, y el edificio se derrumba finalmente ante su peso, llevándoselo todo por delante.