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27 de mayo de 2010

Una peli - El Secreto (2006)

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Sólo hay que echar un ligero vistazo a las últimas (y escasas) entradas del blog para comprobar el tiempo que hace que no subo reseñas sobre películas. La vagancia general que me atenaza se acentúa en lo que a críticas cinematográficas se refiere. No quiero decir con esto que vaya a dejar de publicar entradas al respecto, pero creo que éstas se producirán sobre todo en el caso de películas que tengan algún aspecto que las haga, digamos, diferente, y que por alguna razón me hallan dejado huella. Por lo pronto es hora de criticar, en el sentido más negativo del término, este Secreto venido a menos.

Hace unos meses recaló en casa, en forma de regalo cumpleañero, un librito de singulares proporciones y atractiva portada al que, francamente, le presté poca atención. No obstante, un par de ojeadas sirvieron para entrever que el tema principal del libro era algo así como que todo aquello que quieras lo obtendrás pensando intensa y repetidamente en que realmente lo consigues. El alentador fenómeno estaba relacionado con lo que en el libro se denominaba Ley de la Atracción, que viene a decir que lo semejante atrae a lo semejante; que el Universo te da lo que tú le pides. La cosa no pasó de ahí, y el pequeño volumen andará perdido en algún cajón o estantería, sin que haya recibido el más mínimo crédito de su propietario. No pasó mucho tiempo hasta que me enteré de que había una película basada en el libro (luego resultó que fue primero la peli y luego el libro), excelente oportunidad, pensé, para profundizar en el tema sin perder el tiempo que hubiera empleado en la lectura. El emule hizo el resto. No pretendo fomentar el pirateo, pero en este caso la descarga ilegal, fraudulenta y descarada de este producto está más que justificada.

La cosa esta tiene formato, dicen, de documental, y comienza con el relato de una mujer, la autora de lo que luego fue el libro, abatida por diversos y graves problemas. Sin explicar muy bien cómo –cosa muy común a lo largo del documental- llega hasta ella El Secreto, que no es otra cosa sino la capacidad que tenemos de atraer hacia nosotros todas las cosas que anhelamos, dejando atrás todo lo que nos perjudica. Pero no creáis que se refieren a esos pensamientos o sensaciones negativas que a veces oscurecen y condicionan nuestras vidas. Parece ser que, siguiendo este método, también conseguirás todas aquellas cosas materiales que desees, porque una de las máximas de El Secreto es que los pensamientos se convierten en cosas. Si tienes un deseo irrefrenable de tener un Ferrari, puedes conseguirlo pensando que ya lo tienes, imaginando que lo conduces y viviendo a tope esa sensación. Por muy lejos que esté de tu alcance, el Ferrari acabará en tu garaje.

Este secreto, según la película, ha sido siempre del conocimiento de grandes personajes a lo largo de la Historia. A él se refirieron, y de él se sirvieron, gente como Platón, Descartes, Beethoven, Benjamín Franklin, Einstein y hasta la Madre Teresa de Calcuta. Y ha sido siempre también motivo de codicia por parte de los poderosos, que vieron en él el instrumento para realizar sus espurias maquinaciones –dominar el mundo y todo eso, amén de ser los únicos en poseer la provechosa sabiduría-. Podemos ver al principio del documental a los “buenos” intentando esconder El Secreto para que no caiga en tan innobles manos. Gracias a sus denodados esfuerzos, El Secreto llega ahora a nosotros, beneficiarios actuales de este saber oculto durante siglos y que nos liberará de todo mal y toda carencia. En el documental van apareciendo diversos profesionales –médicos, escritores, metafísicos, físicos cuánticos, visionarios (?)...- que mirando a la cámara van explicando los pormenores del milenario legado.

Ni que decir tiene que la cosa alcanza unos niveles de poca vergüenza, charlatanería e irracionalidad como nunca había visto antes. Se trata de lo de siempre: un planteamiento absurdo e incongruente que no hay por donde coger, pero que –y bien lo saben los perpetradores de este engendro- siempre encuentra seguidores que aseguran que “a mí me funciona”. En realidad ni siquiera se trata de un documental, sino que tiene más bien la apariencia de esos programas comerciales que ponen en la tele de madrugada, en los que actores contratados te hablan de las maravillas del último aparato para tener unos abdominales impresionantes o un pene más largo. Juro que llegué a creer que se trataba de una parodia sobre temas esotéricos, tal era la desfachatez que me transmitía esta basura. Pero no. Llegan a afirmar que siguiendo este método te puedes curar un cáncer terminal o cualquier otro mal extremo, lo que ya supone traspasar claramente la línea de lo permisible, porque una cosa es que los problemas y dificultades que nos da la vida se aborden mejor desde una perspectiva positiva y un buen estado de ánimo, y otra presentar este dislate como remedio para enfermedades devastadoras.

Esta película y su secuela literaria tuvieron un relativo éxito de difusión, y por supuesto de ventas. Y hablando precisamente de ventas, mientras te haces rico a la carta puedes visitar la web de esta descarada operación de marketing e ir adquiriendo artículos que facilitarán tu acceso al éxito y a la abundancia: cursos y libros de autoayuda, ionizadores de aire, productos de belleza y salud... toda una gama de cosas inservibles en las que te puedes dejar un número respetable de Euros. Eso sí, multiplica esos Euros despilfarrados por 100.000, piensa intensamente en ellos y en poco tiempo los tendrás ingresados en tu banco. No falla.

Por supuesto, paso de facilitar enlaces y de poner vídeos. Que les den... Mi único objetivo con esta crítica era poner verde este impresentable y vomitivo producto.

Y ahora, espero que el Universo no se mosquee conmigo.

10 de diciembre de 2009

Una peli: Ágora (2009)

8,5/10

"La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio."
(1ª epístola de San Pablo a Timoteo)


Esta rotunda sentencia, inspirada por Dios mismo, marca el devenir de Hipatia de Alejandría, matemática y astrónoma que vivió entre los siglos IV y V de nuestra era, según se nos cuenta en esta superproducción española fruto de la mano mágica del oscarizado Alejandro Amenábar, a quien a estas alturas podemos considerar como el Steven Spielberg patrio.

El siglo IV dc. fue probablemente uno de los más convulsos de la historia marcado, sobre todo, por un acontecimiento que marcaría el futuro de gran parte de la civilización: el definitivo establecimiento, en el seno del poderoso pero decadente Imperio Romano, de lo que hasta hacía poco había sido un vástago del judaísmo, convertido en una nueva y pujante religión: el cristianismo. Los hitos decisivos en la eclosión de la flamante creencia tienen un marcado acento político y se cimientan a golpe de Edictos Imperiales: el de Milán, promulgado por Constantino en 313, que establecía la libertad de culto, y el de Tesalónica (380) por el que el emperador Teodosio imponía el cristianismo como religión oficial del Imperio Romano.

Esta oficialización del cristianismo, en lugar de traer paz en la tierra a los hombres de buena voluntad, dio vida a un monstruo abominable cuya principal arma era la intolerancia. La nueva y poderosa religión no solo emprendió una feroz persecución contra todos los cultos paganos que poblaban el panorama religioso del Imperio, sino que dio lugar a una despiadada lucha sin cuartel entre acólitos de las diferentes y numerosas interpretaciones del mensaje que Jesús de Nazaret había, supuestamente, dado a los hombres casi cuatro siglos antes. Es, sin duda, la cara oscura de un movimiento que sin embargo, y hay que decirlo, tiene en la ayuda a los más necesitados su expresión más positiva, como es fácilmente comprobable. Es decir, el hecho religioso es capaz de lo mejor y de lo peor. Como la Humanidad misma, vamos.

Pero no nos adentremos en el terreno religioso, que me conozco, y de lo que se trata es de hacer un comentario sobre esta notable película, magníficamente trabajada en todos sus aspectos, aunque también con sus pequeñas taras. Entre los primeros, destacaría la historia en sí misma, ya que Amenábar aprovecha el hecho de que la vida de Hipatia está más o menos bien documentada para diseñar un guión homogéneo y bien tratado, donde los personajes desarrollan sus roles eficazmente, destacando el trabajo de la hermosa Rachel Weisz, en su papel de icono cultural enfrentado al deshumanizado fanatismo imperante. Magnífico su aspecto helénico, propiciado por una suave palidez y dosis muy justas de maquillaje. Ahí están también los personajes que interpretan los papeles más intolerantes – Amonio, Cirilo -, así como el esclavo Davo, paradigma del que, en tiempos de división, se pierde entre dos mundos.

En el aspecto visual, Ágora deslumbra. Las escenas desde el aire de Alejandría están magníficamente conseguidas, con esporádicas imágenes de la Tierra vista desde el espacio, oportuno guiño a la pasión de Hipatia por el movimiento de nuestro planeta, llegando a presuponer, según la película, la forma elíptica de su órbita, algo que no fue confirmado sino por Johannes Kepler ¡unos doce siglos más tarde! Los decorados son también realmente notables, aunque no pueden escapar de una cierta pátina a cartón piedra que estropea un poco el asunto. Y es que ya comenté que Ágora presenta muchos pros, pero también algún pequeño contra. Otro sería la sensación de que a la narración le falta algo de profundidad, de que la historia resulta a veces algo “plana”, cosa bastante común en las superproducciones.

Resumiendo, a mí me ha encantado Ágora. Radico su principal valor en el hecho de transmitir al gran público el conocimiento de un personaje y una época sin duda singulares, y de unos valores culturales que son, ni más ni menos, que aquellos “hombros de gigantes” a los que se refirió Newton cuando intentaba explicar a qué debía gran parte de sus grandiosos descubrimientos. Por cierto, que mientras escribo estas torpes líneas, tengo de fondo parte de la banda sonora de la película, y hay que ver lo bien que le queda al texto cuando lo releo. Vaya paranoia, que sin embargo me anima a poner un trailer cortito.


17 de octubre de 2009

Una peli: Déjame entrar (2008)

8/10

Extraña y nada típica película sueca que cuenta la historia de Oskar, un reblanquecido crío de 12 años que vive una existencia complicada: al trauma de la separación de sus padres se suma el acoso escolar al que le someten unos malvados compañeros de clase –bullying, que diría un enteraíllo-. Oskar pasa la mayor parte del tiempo jugando solo e imaginando venganzas para aquellos que lo maltratan. Un día conoce a su nueva vecina, Eli, una chica de su misma edad y de enigmática palidez, a la que no parece afectarle el intenso frío de las noches suecas. Los dos entablan una extraña relación, que se intensifica conforme se va desvelando el terrible secreto que la chica guarda: es un vampiro -o una vampira, que diría nuestra Ministra- y como tal, necesita su buen lingotazo diario de sangre fresca.

El vampiro es, sin lugar a dudas, el monstruo de más largo recorrido de todos los que componen la lista de personajes habitual del cine de terror. Mientras el Hombre lobo, Frankenstein y la Momia se han ido quedando en el camino, apenas experimentando alguna evolución, el vampirismo ha ido transformándose con el tiempo, desde aquel horrendo Nosferatu de los años 20 al vampiro metrosexual de las últimas entregas, pasando por el clásico de capa y pico de viuda tipo Christopher Lee o el superhéroe de Blade. Con Déjame entrar les llega el turno a los niños, a salvo hasta ahora, que yo sepa, de la enfermiza sed de sangre humana.

Estamos ante una película que ha cosechado premios y aluviones de elogios allá donde ha ido. Una excelente fotografía traslada al espectador al ambiente gélido y tétrico del invierno sueco, conformando imágenes de edificios de clase trabajadora rodeados de nieve, con soledad casi absoluta en las calles, poca comunicación y aislamiento existencial. Pero no es sólo el ambiente lo que contribuye a provocar la sensación de frío glacial. El ritmo es pausado y sosegado, pero sin caer en ningún momento en la monotonía. Las estridencias brillan por su ausencia, incluso en los pasajes donde la sangre y la violencia son las protagonistas.

Aunque está etiquetada como película de terror, no es éste el aspecto principal que caracteriza a este trabajo. Su punto fuerte se encuentra en la relación que mantienen sus dos jóvenes protagonistas, quienes bordan su papel de forma antológica. Hace poco leí por ahí que, o ambos tienen en la vida real unos caracteres parecidos a los que interpretan en la película, o han clavado sus interpretaciones, dotándolas de una profundidad subliminal a base de miradas y silencios, a menudo mucho más expresivos y sugerentes que la mayoría de sus conversaciones. Aunque también es cierto que, gracias a Españoles por el mundo – Estocolmo, sabemos que los suecos son más fríos y distantes que el Círculo polar ártico que tan cerquita les queda.

Son precisamente esas características las que hacen de Déjame entrar una película diferente y con una marcada personalidad propia. La mezcla de maldad e inocencia está eficazmente tratada y aunque, como ya he comentado, no está exenta de sangre y violencia, el hecho de que siendo una peli de vampiros no veamos ni un solo colmillo es bastante significativo. También contribuye a la peculiaridad de este trabajo cierto regustillo retro, como de años 80 ó incluso 70, así como el hecho de que se trata de un producto de bajo coste –obsérvense los créditos, blanco sobre negro y punto-.

Como muy bien dice Guillermo del Toro, Déjame entrar es “un cuento de hadas glacial, delicado, atormentado y poético”, lo que define a la perfección a esta pequeña joya nórdica, de la que he quedado en buena medida subyugado.
Iba a poner el trailer original, pero he encontrado este, que expresa mucho mejor lo que decía de la extraña relación entre los dos críos. Miradlo y decidme si no es verdad que esta peli tiene una pinta tan rara como atractiva.


26 de agosto de 2009

Una peli: El Intercambio (2008)

6/10

Al bueno de Eastwood le cabe el inmenso honor de ser el primer creador que ve por segunda vez un trabajo suyo comentado en este blog. Supongo que ya debe de estar acostumbrado a los premios, agasajos y atenciones hacia su labor, pero comprendo lo realizado que debe sentirse al comprobar que su obra no pasa desapercibida para este difundidísimo blog, por mucho que la calidad de la misma se haya resentido en sus últimas entregas.

El intercambio (Changeling), cuenta la historia de una desesperada madre (Angelina Jolie) y sus denodados esfuerzos por encontrar a su hijo, desaparecido un 10 de marzo –el día de mi cumple, mira tú por donde- de 1928. Para ello, cuenta con la “eficaz” ayuda del corrupto departamento de policía de Los Ángeles, que trata de convencerla de que un niño que andaba por ahí es su retoño, cosa que ella acepta en un principio, debido al parecido del niño con su hijo y a la tremenda presión a la que se ve sometida. Una vez convencida de lo contrario, la sufrida madre emprende una feroz lucha contra el nauseabundo sistema, apoyada por un reverendo local (John Malkovich), habitual denunciante de los abusos policiales.

La historia se basa en hechos reales, concretamente en los crímenes de Wineville, ocurridos en los años 20 del siglo pasado, y aunque está debidamente deformada en aras de la efectividad de cara a la gran pantalla, es fiel a los argumentos principales, como son la corrupción policial y la consiguiente batalla de la madre contra el sistema. Un capítulo más del oscuro pasado de Los Ángeles, ciudad donde se han gestado muchas de las historias más truculentas de América, algunas de ellas llevadas al cine –sin ir más lejos, el caso de la Dalia Negra, sin mucha fortuna por cierto, de Brian De Palma hace un par de años.

Empezando por lo bueno que tiene esta película, hay que destacar sobre todo a la simpar Jolie –rebautizada para la ocasión como Changelina Jolie-, que realiza un trabajo notable en el que logra algo que, dadas las circunstancias, no debe ser nada fácil: dejar su impactante belleza en un segundo plano. Consigue dotar a su personaje del peso dramático justo, sin caer en ningún momento en el patetismo histriónico. Buena culpa de ello la tienen unos tremendos ojazos que rozan lo irreal, casi siempre humedecidos por lágrimas a punto de irrumpir. Una buena actriz esta bella moza, por cuyos labios, heraldos de su abrumadora hermosura, suspiro. Y que no me vengan con lo de la cirugía estética y todo eso, que la chica ya prometía cuando era apenas una adolescente. Compárese, vía Imágenes de Google, a la Jolie adolescente con la actual y se comprobará que, incluso a esas tempranas edades, la cosa era de quitar el hipo.

Una vez recuperado el resuello, retomo los aspectos positivos haciendo mención de la puesta en escena, que es impecable. Un auténtico viaje a los años 20 al que no se le escapa un detalle, algo que no es de extrañar si leemos un poco sobre el making of de la película y comprobamos que no se escatimaron gastos a la hora de lograr una ambientación perfecta. Un trabajo a la altura de la historia que cuenta, la cual te mantiene en vilo hasta que la cosa, como no podía ser menos dadas las últimas experiencias, decae.

Que es justo lo que le pasa a El intercambio. Tiene el don de involucrarte con el sufrimiento de una madre que desconoce el paradero de su hijo y a la que todo parece volvérsele en contra. Te fascina con una historia que atrapa tu interés, pero que lo va soltando conforme avanza el metraje y acaba por no ser bien contada. A partir de cierto momento, la historia empieza a cobrar el aspecto de esos telefilms de sobremesa con los que Antena3 tortura a los infortunados televidentes que no tienen otra cosa que echarse a la vista. Entonces aparecen escenas y situaciones proclives al efectismo simple, buscando impactar o emocionar al espectador de una forma un tanto burda. Es una pena que no se haya puesto un poco más de cuidado en el acabado de las situaciones, en vez de recurrir al maniqueísmo de siempre, donde en la lucha de los malos contra los buenos, la victoria final, aunque sea moral, siempre es de estos últimos.

¿Conclusión? Pues que con esta película se confirma que estamos en plena pandemia de un virus cada vez más presente en la cosa cinematográfica. Provoca un mal frustrante y fastidioso que se extiende cual gripe porcina y del que se desconoce su medio de transmisión. Desencadena, allá por la mitad del minutaje, una caída en picado de la calidad de la historia que se cuenta, una vulgarización de los medios con los que se pretende conseguir un efecto llamativo en el espectador y una sensación final en éste de pérdida de tiempo –y dinero, según el caso- que termina provocando que, puestos a poner nota, ésta no pase del 6, como es el caso.

19 de agosto de 2009

Una peli: Resacón en Las Vegas (2009)

6/10

En España, la práctica de cambiar el título original de las películas extranjeras, no por habitual resulta más eficaz. Recuerdo que estuve muchísimos años creyendo que el título de la película de los Beatles A hard day’s night quería decir ¡Qué noche la de aquel día!, cuando ciertos conocimientos de inglés adquiridos posterior(y tardía)mente, me revelaron que su traducción correcta era La noche de un día duro, que no es que sea mejor, ni mucho menos, pero es que no tiene nada que ver con el título que le pusieron aquí. Además, el original tiene su pequeña razón de ser, pero esa es otra historia.

De todas formas, el caso anterior no supone un disparate como el que se perpetró con la polanskiniana (?) Rosemary’s baby (el bebé de Rosemary), titulada aquí por algún bienpensante como La semilla del diablo. Una manera muy sencilla y directa de cargarse la carga sugestiva que puede llegar a tener un título. A su visionado me remito (en Youtube se puede ver completa, ahí va la parte 1)

Esta introducción, aparte de rellenar un poco el espacio que deja la falta de argumentos, viene al caso porque el título original de Resacón en Las Vegas es The hangover (La resaca, así de simple). El que le han puesto aquí le da a uno la impresión de estar ante una comedia gamberra de esas que no deja moralina con cabeza y con las que The hangover no tiene nada que ver... para su desgracia.

En principio, la película tiene todos los elementos para resultar descojonante. Ahí tenemos al grupo de amigos que se van a Las Vegas a celebrar, a todo tren, la despedida de soltero de uno de ellos. Está el guaperas dispuesto a comérselo todo –o a todas-; el imprevisible desequilibrado capaz de cualquier ocurrencia; el amigo honesto y bien situado que le ha dicho a su mujer que va a pasar la noche en una tranquila villa campestre y, por supuesto, el novio, que contraerá matrimonio dos días después. También anda por ahí el coche de lujo que el futuro suegro presta al novio, con el encargo de que no lo estropee. El escenario que acoge al grupo como destino pecaminoso y desenfrenado, en este caso Las Vegas, tampoco podía faltar. Por supuesto, a la mañana siguiente nadie se acuerda de lo que ha pasado durante la noche, tal es el estado en el que se levantan. Poco a poco, se irán encontrando con personajes y situaciones con los que irán desentrañando el misterio. El problema principal es que el novio ha desaparecido.

Con estos mimbres, la diversión provocada por el gamberrismo, la sinvergonzonería y el borderío grueso parece servida, pero la cosa se queda bastante cortita por la falta, precisamente, de todo eso. A la película le falta mala leche, situaciones que te hagan descojonarte, momentos de locura como, qué sé yo, el pelo seminalmente tieso de Cameron Díaz en Algo pasa con Mary o los tatuajes en las espaldas de Ashton Kutcher y su amigo en Colega, ¿dónde está mi coche? –con la que, por cierto, comparte básicamente el argumento-. No se trata de exigir que la película sea una sucesión de gags brillantes, uno detrás de otro, pero sin duda que un par o tres de ellos le hubiera hecho un gran favor.

El resultado es que Resacón en Las Vegas dibuja una sonrisa sobre tu rostro y te mantiene expectante a la espera de mayores picos de diversión. Pero la carcajada nunca llega, y poco a poco la sonrisa se va borrando, hasta convertirse en un gesto plano de indiferencia. Y menos mal que hacia el final, al filo de los créditos, la cosa se levanta un poco –escena porno, o casi, incluida- aunque no evita que la impresión final se quede en la simple distracción.

5 de agosto de 2009

Una peli: Slumdog Millionaire (2008)

7,5/10
Película de vaivenes, esta que trata de las peripecias de un joven hindú (un slumdog, algo así como un niño de la calle), que está a punto de obtener el premio mayor en la versión aceitunada de “Quién quiere ser millonario” –en la que, ¡oh, sorpresa!, el presentador es todavía peor que el Carlos Sobera de los c... millones- y al que la policía de aquel país, tan defensora ella de la presunción de inocencia, tortura para hacerle confesar en qué consiste la trampa con la que se va a llevar la morterá. Pero resulta que el bueno de Jamal, que así se llama el bronceado protagonista, no sólo sabe las respuestas, sino que éstas encuentran su origen en algunos momentos de su durísima vida, oportunamente relatada mediante eficaces flashbacks.

Hasta aquí todo cojonudo. Tenemos una historia genial que nos introduce de lleno en las calles de Bombay, donde la vida ciertamente vale muy pocas rupias, y en la que sobreviven como pueden Jamal y su hermano, convertidos en astutas ratas de alcantarilla después de escapar de las garras de la mafia explotadora de niños. Impresionante la parte en la que dejan ciegos a alguno de ellos, especialmente los poseedores de una mejor voz, puesto que son los que obtienen mayores beneficios practicando la mendicidad. Las interpretaciones, en especial las de los críos, realmente fantásticas, y tanto la música como las escenas, sobresalientes.

Pero es que, claro, el director es, nada más y nada menos que Danny Boyle, director de títulos tan sugerentes (aunque no siempre bien valorados) como 28 días después, La playa y, sobre todo, Trainspotting, aquella epopeya intravenosa que nos regaló allá por el 96, y que dejó a un servidor con la boca abierta y los ojos como platos de neue cuisine. Aquí nos ofrece lo que, en principio, lleva camino de ser un trabajo de denuncia social. La muestra rotunda e impactante de un modo de vida que nos es totalmente ajeno, del que conocíamos su existencia pero quizá no su dimensión – al menos hasta la llegada de Callejeros-. Al fin y al cabo, ¿en qué nos afecta la brutalidad de la existencia de nuestros semejantes, férreamente enraizados como estamos a la profunda comodidad de nuestro sofá y la silenciosa compañía del mejor amigo del hombre, léase mando a distancia? ¿Tenemos la culpa acaso de que el azar nos haya puesto en este lado de la línea?

Me ha salido la vena solidaria y compasiva. Mañana apadrino una niña hindú y todo arreglado. Alguna afortunada se beneficiará de los 30 € mensuales y yo acallaré la muy tenue voz de mi conciencia con tan noble gesto. Mientras tanto, y paulatinamente, el guión de Slumdog Millionaire adopta la forma de un thriller barato, con almibarada historia de amor incluida, y todo se jode en buena medida. Lo que parecía ser un impactante film reflejo de la crudeza de la vida de muchos, se convierte en un patético pastizal lleno de tópicos vistos ya mil veces en la gran pantalla. Los beneficiosos parecidos con películas de gran calibre, como las brasileñas Ciudad de Dios o Tropa de élite, se van diluyendo en el caldo de lo vulgar y lo previsible. Justo hasta el final.

Porque el final de Slumdog Millionaire es de lo más sorprendente que he experimentado en mucho tiempo en términos cinematográficos. Cuando estás a punto de consolidar lo que hubiera sido una valoración muy negativa de la película, una danza al más puro estilo Bollywood, interpretada por una cantidad inmensa de gente, otorga al trabajo una dimensión que no esperaba, y que me hizo replantearme el sentido final de toda la película. ¿Ha sido todo una fantasía juvenil? ¿La edulcorada historia de amor tiene su razón de ser en una bienintencionada e inocente fábula? ¿Es sólo un intento de poner un punto dulce y colorista a una sórdida, y en buena parte mediocre, historia?
Preguntas cuyas respuestas espero se incluyan en los inevitables comentarios que sin duda vosotros, fiel peña seguidora de este concurridísimo blog, insertaréis aquí abajo.

19 de junio de 2009

Una peli: Wall-e (2008)

6,5/10


Una buena noche de hace unos años, con bastante retraso respecto a su estreno y ante la poca alternativa existente en cuanto a películas interesantes que echarme a la vista, decidí meterle mano a una peli de animación llamada Monsters Inc. (que una eficaz labor de traducción convirtió aquí en Monstruos SA.). Siempre había sido reacio a ver este tipo de trabajos, que consideraba destinados a niños, con lo que las expectativas en cuanto a mi impresión final no creí fueran a pasar del simple entretenimiento. Pero cuál fue mi sorpresa al encontrarme una película redonda que me hizo reír y llorar a partes iguales. Una obra maestra en toda regla, pensada para el disfrute tanto de los enanos como de sus mayores.

La gratísima impresión que me produjo no me convirtió en fanático del cine de animación, ni mucho menos, pero sí me dejó la impronta de que con cualquier película de este tipo que viera, las sensaciones no andarían demasiado lejanas a las que Monstruos SA. provocó. Mucho tuvo que ver para que acabara pensando de esa forma el hecho de que las críticas parecían unánimes a la hora de valorar estos trabajos, dado que rara es la entrega de cine animado que no merezca, a los ojos de la crítica, de un notable para arriba. Sin embargo, ninguno de los visionados post
eriores, léanse Ice Age, Shrek, ambas con sus respectivas secuelas y ni mucho menos Ratatouille, alcanzaron el nivel de genialidad de los monstruos asustadores de niños, aunque considero la primera entrega de Shrek como un muy buen trabajo.

Todas los aspectos positivos que encontré con los monstruos están presentes en la peli que revisamos hoy… pero solo durante la primera media hora, precisamente cuando Wall-e, que no es otra cosa que la marca de un robot encargado de reciclar basura, se encuentra solo en una deshabitada Tierra, la cual ha quedado reducida a un montón de desechos. La humanidad hace ya tiempo que cambió la salud de su planeta por la comodidad de estar sentado todo el tiempo delante del ordenador, interrelacionándose virtualmente y perdiendo toda noción de lo que la rodea. A todo esto, en la “vida” de Wall-e aparece, enviada por los exoplanetarios humanos, una robot de análoga misión, pero muchísimo más avanzada tecnológicamente. Entre los dos entrañables cacharritos surge, como no podía ser de otra manera, el amor, que se ve interrumpido cuando a Eva, que así se llama la graciosa maquinita, la recogen los humanos para comprobar los resultados de su misión en la Tierra. Y no cuento más, pero adelanto que nada de lo que acontece se sale de los guiones habituales de las películas animadas, lo cual no tiene porqué ser negativo, por supuesto.

Y se me ha colado la sinopsis, cuando estaba diciendo que todo lo bueno de Wall-e está en su primera media hora, en la que todo funciona a la perfección. Son treinta minutos de auténtica magia; de unas deslumbrantes imágenes que rizan el rizo de todo lo hecho anteriormente en este tipo de producciones y de un argumento genial, en el que se dan la mano aspectos recurrentes en el cine de animación: la soledad, el aprecio por las pequeñas cosas, la presencia del inseparable amiguito del protagonista (una cucaracha que cumple fielmente el papel de indestructible que siempre se le ha dado). Y como no, de momentos verdaderamente hilarantes, entre los que destacaría las dificultades que Wall-e tiene con una pala de ping-pong de esas que tienen la pelota unida con un cuerda y con un extintor cuyo chorro se ve incapaz de controlar. Sí, esa primera media hora prometía un deleite total durante todo el film. Pañuelillos de papel, preparados para enjugar lágrimillas de risa y de pena, se arrugaban entre mis inquietos dedos humanos.

Lo malo es que el adorable recopilador de basura se las apaña para seguir a su amada hasta la nave nodriza donde habita la humanidad en las condiciones que comentaba más arriba. Y es justo ahí donde el giro que da la película es radical. La historia se vuelve aburrida, perdiendo gradualmente todo el interés que atesoraba en su inicio. El mensaje ecologista que pretende está ya demasiado visto como para que llame la atención, aunque está muy bien inculcarle a los niños los peligros del consumo insostenible. Apreciable es también el intento de hacerles ver que hay vida más allá del ordenador o la consola, aunque las consecuencias de abusar del entretenimiento y de la vida sedentaria que la historia propone sean ciertamente exageradas. Y lo malo es que no creo que un crío aguante toda la película sin bostezar varias veces.

Para más inri, su deslumbrante calidad en lo que a imágenes se refiere se torna en no pocas ocasiones bastante confusa. Ello se debe a que los auténticos protagonistas de Wall-e son los robots. Los hay de todo tipo, tamaño y función: pequeños robots para limpiar, grandes para vigilar, medianos para multitud de tareas. Ello provoca que en algunos “planos” donde se juntan varios de ellos, el visionado se haga un auténtico batiburrillo de robots que van de acá para allá, con lo que identificar a los protagonistas entre tanta criatura se convierte en algo complicado. Incluso los recurrentes diálogos entre los enamorados, que se limitan a unos lacónicos “Waaaaliiii / Eeeevaaa”, terminan siendo un poco pesados.

Me quedo con esa magistral primera media hora, pero me apena que tanto derroche de genialidad no se vea refrendado por el resto del metraje. Mientras doy con otra película de animación a su altura, Monstruos SA. seguirá líder destacada en lo que a películas de “dibujitos animados”, como se las conoce en el ámbito doméstico, se refiere.

4 de junio de 2009

Una peli - Orgullo y prejuicio (2005)

10/10


Me ocurre muchas veces, a la hora de valorar un trabajo de alta calidad, que soy reacio a colocar un 10 en la calificación, por mucho que la obra en cuestión lo merezca. Debo de haber heredado los vicios de algún que otro profesor, que en mi época de estudiante parecía tenerle grima a la decena, porque por más que estudiaba nunca lograba pasar del habitual 9 en mis calificaciones. (Ahora viene la parte en la que quien lea esto realmente se lo cree).

Con Orgullo y prejuicio me ha pasado algo así. Le he dado vueltas a los diferentes aspectos que componen una película, buscando el más nimio motivo para no concederle la máxima nota, pero no encontré ninguno. Interpretaciones perfectas; puesta en escena impecable; fotografía mágica; música sublime y un argumento que se desliza a través de una preciosa historia de amor, sin caer en ningún momento en la sensiblería almibarada. Argumento del que, por cierto, procede efectuar una breve reseña. Hela aquí:

Basada en la novela homónima de Jane Austen, Orgullo y prejuicio cuenta la historia del matrimonio Bennet, granjeros acomodados usufructuarios de una respetable hacienda, que tiene cinco hijas a las que la madre está deseosa de casar con hombres de alcurnia más elevada, dado que a la muerte del padre y puesto que no hay descendiente varón, gran parte de sus posesiones se perderían. La ocasión la pintan calva con la visita a la hacienda de un rico soltero, al que la madre ve como marido ideal para su hija mayor, Jane. El ricachón viene acompañado de su arrogante amigo el Sr. Darcey, quien entabla una, en principio, tensa relación con la segunda hija del matrimonio, Elisabeth, verdadera protagonista del film y magistralmente interpretada por la grácil Keyra Knightley. A partir de aquí, comienza el genial rosario de intrigas amorosas.

Porque lo que prima en esta, digámoslo ya, obra maestra, es ante todo el amor y el romanticismo, bien secundado por la ingenuidad y la alegría, maravilloso revoltijo que encuentra su alojo en una historia de juventud enmarcada en las rígidas costumbres sociales de la Inglaterra georgiana (ss. XVIII y XIX), que afectan de lleno a las estrictamente delimitadas clases sociales, convirtiendo a las hijas de las familias de clase media en simple mercancía, intercambiable por prestigio social, cuando no por simple supervivencia. Pero incluso este aspecto pierde en la película el carácter mezquino que cabría otorgarle, adquiriendo unos suaves matices rayanos en la simpatía.


Por último, y una vez recomendado este poema romántico hecho cine, destacar la labor del director John Wright en este su primer trabajo para la gran pantalla, dado que anteriormente solo tenía en su currículum un par de cosillas para la televisión inglesa. No he investigado mucho más sobre él, pero resulta admirable que un director, en su ópera prima, construya una obra para ser recordada por siempre y jamás. Y cómo no el elenco de actores, destacando, como ya dije antes, una Keyra Knightley que alcanza una cota interpretativa para la que se me ocurren varios calificativos, todos ellos sinónimos de sublime. En contraste, eso sí, con trabajos suyos anteriores en mayúsculos bodrios. Y no quiero señalar a la segunda y tercera entregas de Piratas del Caribe, no.

26 de mayo de 2009

Una peli: El niño con el pijama de rayas (2008)

5/10

Bueno, pues por fin vi El niño con el pijama de rayas. Han sido varios meses ocupando un valioso Gb en el cada vez más escueto espacio de mi disco duro portátil. Y ahí estaba yo, dándole preferencia a otras cosas que pensaba más digeribles, porque no siempre tiene uno cuerpo para imbuirse en el asunto del Holocausto, tema que el cine ha sabido abordar de forma más o menos eficaz y del que siempre resulta una sensación final (que no “solución”) cercana a lo angustioso. Pero ha sido tanto el bombo que le han dado al libro y, como no podía ser de otra manera, también a su versión en celuloide, que su visionado se había convertido en casi una asignatura pendiente.

Pero resulta que esta no es una película sobre el Holocausto. Que no, que no cuela. Que esta historia podría haber tenido lugar en cualquier otra situación análoga. Su argumento podría encajar igual de bien en la URSS de Stalin, en el Guantánamo cubano o en el sur de África durante la guerra de los Boers. Cójanse a dos niños de ocho años; sitúeseles a ambos lados de una valla y asígneseles roles de inocentes observadores de las circunstancias que les ha tocado vivir; añádanse varios litros de sensiblería y dos puñados de dramatismo fácil; rebájese sin recato el rigor histórico y, una vez decorado con una impecable puesta en escena y las mismas interpretaciones de los niños, sírvase y consúmase de inmediato, no vaya a ser que el influjo del best-seller se evapore y al final tanto correr para llevarlo al cine se quede en nada.

Porque esto es precisamente a lo que huele este caldo: mucha prisa por llevar a la gran pantalla la exitosa novela. Esa prisa que parece provocar cortedad de razonamiento en los guionistas, incapaces de componer un argumento verosímil, donde nada menos que la seguridad y vigilancia nazi son inexistentes, hasta el punto de que los niños mantienen largas conversaciones durante días, verja mediante, sin ser siquiera molestados; donde el mimado infante alemán se queda a solas durante horas con un prisionero judío y donde la puerta por la que escapa de su casa y accede al campo de concentración siempre está abierta...

En quince minutos, la película ya muestra sus cartas, sobre todo con la actitud del chico, cuyas miradas de escepticismo ante los éxitos de su padre no entran ni con calzador. Así y todo, intentas darle las oportunidades que sean necesarias, en aras de, por lo menos, disfrutar de una historia tan dramática como irreal. Pero la acumulación de situaciones ilógicas es aplastante, y el edificio se derrumba finalmente ante su peso, llevándoselo todo por delante.

6 de mayo de 2009

Una Peli: Gran Torino (2008)


6/10

Una vez leídas las críticas y asimilados los comentarios compañeriles (compañeril: de compañero) del desayuno de los lunes, el que escribe aguardaba, con los ojos entornados, el gesto torcido y el abdomen apretado, el clásico golpe en el mentón que el amigo Clint nos propina con una periodicidad cuasi anual desde su cátedra hollywoodiense. Bueno, quizá este inicio de crítica recuerda demasiado a Million dollar baby, pero el comentario se puede ajustar perfectamente a Mystic river y otros títulos de incuestionable rudeza, por más que la filmografía de Eastwood tienda a lo variopinto, oscilando entre el drama de las ya mencionadas, el thriller (Deuda de sangre, Ejecución inminente...) la comedia (Space cowboys, El sargento de hierro...) e incluso el documental aquel que hizo sobre los pianistas de blues y para el que Martin Scorsese rascose el bolsillo.

Pero no. Esta vez el puñetazo tornó en simple amago, porque Gran Torino apenas logra llamar la atención, si acaso por el personaje que el propio Eastwood encarna, un rudo ex combatiente racista y misántropo, que acaba (¡¡atención que viene un spoiler!!) dando la vida por aquellos a los que consideraba “ratas”. Semejante contraste, más allá de las consideraciones éticas que la historia plantea –los prejuicios raciales, sobre todo- hace que el relato no resulte convincente. Demasiados cambios operados en el protagonista, pocos argumentos para explicarlos y, sobre todo, demasiada poca chicha conforme el metraje avanza, deambulando sin pena ni gloria la historia sin rumbo fijo, hasta su justicieramente épico pero poco creíble final.

Me sobra tanto Eastwood monopolizando la historia, sin un solo papel secundario con relevancia suficiente como para equilibrar algo la balanza, donde Clint se apropia de todo el peso. Y es que relega al resto del elenco a pequeños satélites debidamente eclipsados por el fulgor del mito. Joder, Clint, con tu edad y todo lo que llevas a tus espaldas, el autolucimiento ya no te hace ningún favor.

De todas formas, Gran Torino se deja ver. Sin alardes -salvando el excesivo “aquí estoy yo” del protagonista- va más o menos aguantando el tipo para pasar a engrosar la zona media-baja de una filmografía cuyo constante aumento tiene el tiempo contado, por razones de lo más natural.

26 de abril de 2009

Una Peli: Vicky Cristina Barcelona (2008)

6/10

Decir que espero impaciente la entrega anual de Woody Allen sería mucho decir, pero sí es cierto que, desde que siendo un barrilloso adolescente ví La última noche de Boris Grushenko, el neoyorkino se hizo un hueco en mis preferencias cinematográficas. En aquellas primeras películas de los 70 primaba sobre todo el humor, que era precisamente lo que seguí buscando en sus trabajos. Luego llegarían las reflexiones filosóficas, el culto a la hipocondria y los líos parejiles (parejil: de pareja) que, no obstante, tampoco están ausentes en esos primeros títulos.

Precisamente esa búsqueda del brillante humor que Allen desarrolló en sus inicios, provocó que algunos de sus ulteriores trabajos no me gustaran en absoluto. Zelig, Días de radio o Hannah y sus hermanas eran películas de otra índole e hicieron que me olvidara de él durante años. ¡¡Craso error!! Posteriores visionados de esos y otros títulos gracias, en buena parte, a las facilidades que nos proporciona cierto cuadrúpedo de largas orejas, me demostraron que las calificaciones de las películas de Woody Allen oscilan entre lo bueno (Otra mujer, Misterioso asesinato en Manhattan...) y lo excelente (Rosa púrpura del Cairo, Balas sobre Broadway...). Y así, año tras año, Allen nunca decepciona. Si acaso, te podrá dejar con algo de miel en los labios al no llegar al pico de calidad que cada cierto tiempo alcanza, considerando quien esto escribe Match Point como su último gran trabajo.


Y así seguirá siendo al menos hasta la siguiente entrega, ya que Vicky Cristina Barcelona no pasará a formar parte del Panteon del Cinéfilo. Más bien al contrario, está destinada a diluirse cual azucarillo en el vasto océano de la filmografía de Woody Allen. Aunque la valoro bastante mejor que el boca a boca de los lunes mañanero-laborales, tengo que decir que la película adolece de la falta de todas esas cosas que elevan a única la experiencia de ver un trabajo de Allen, a saber: humor inteligente, conversaciones brillantes, frases ingeniosas y filosofía de subsistencia para el devenir diario. En su lugar, se nos presenta una historia que empieza siendo interesante, un triángulo amoroso representado por los ya conocidos caracteres opuestos (Vicky-equilibrio / Cristina-fogosidad) que tantas veces nos ha propuesto el director, y el elemento desestabilizador hábilmente representado por Bardem. Lo dicho, líos parejiles, que van perdiendo consistencia conforme avanzan, para conventirse en un estéril e intrascendente galimatías sentimental.


Los actores están bastante bien, en especial Bardem, que muestra una vez más su versatilidad, y Rebeca Hull, en su papel de chica estable desestabilizada. La Johansson cumple eficazmente, lo que no creo que le resulte difícil, dado que siempre ejecuta roles similares. Lo de Penélope es cosa aparte. Nunca fue santo (o santa) de mi devoción. Tampoco es que haya sido una Cruz, pero le han dado un Óscar por su trabajo en una película que empieza a decaer justo cuando ella aparece.


Los dineros aportados por el Ayuntamiento de Barcelona se ven claramente reflejados en el sesgo publicitario que presenta, ya que los más típicos atractivos turísticos de Barcelona están ahí, debidamente mostrados, desde el Parque Güell hasta el Tibidabo. Y ojo, ¿eh? que Vicky es una americana que estudia la cultura catalana (¿?). Para compensar tanto tufillo culé, por ahí andan también Oviedo y Sevilla, y en la banda sonora, donde hubiera encajado perfectamente una sardana, suena Paco de Lucía. ¡¡Congratulémono, ejpañole!!