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8 de diciembre de 2011

Cien Años de Soledad (1967) - Gabriel García Márquez

8,5 / 10

Me gusta conocer las opiniones que la gente cuelga en Internet sobre los libros que leo. Para compararlas con la mía, más que nada, y comprobar si disiento poco o mucho de la impresión general. Hay muchos sitios en Internet donde se da esa facilidad. Mi favorito es Anika entre libros, completísima web sobre literatura, donde existen miles de comentarios del público sobre obras y autores. En ella, la relación de críticas acerca del título que hoy nos ocupa es interminable, y de entre todas ellas saco, a modo de escueto resumen, la expresión “de obligada lectura”, habiendo incluso mucha gente que dice haberla vuelto a leer varias veces. Cien años de soledad está considerada, por quienes entienden de esto, como una obra maestra y una de las cumbres de la literatura en lengua hispana, así que a ver qué iba a hacer yo, que ya me había echado a la vista El amor en los tiempos del cólera y Crónica de una muerte anunciada –ambas magníficas-, sino pillarla a la primera oportunidad y cumplir con tan insistente y autoimpuesta obligación.


Y en la biblioteca local la encontré, más voluminosa de lo que me imaginaba en un principio. Claro, que se trataba de una edición especial publicada en 2007 que habían llevado a cabo las diferentes academias de Lengua española que en el mundo existen, para conmemorar el 40 aniversario de su publicación. Contenía, amén de la obra en sí, varios artículos de conocidos escritores de lengua hispana, a los que apenas eché un vistazo, por cierto, ya que me parecieron a priori bastante plomizos.


¿Qué puedo decir de Cien años de soledad? Pues sobre todo, y como ya me ocurrió con las dos obras antes citadas, que la forma de escribir de García Márquez te hipnotiza desde las primeras líneas –bueno, en realidad me costó algo más engancharme a El amor en los tiempos del cólera, que al final me pareció sublime-. El ritmo pausado de la narración, que sin embargo abarca un largo periodo de tiempo –como sagazmente logra uno deducir del título-, te va envolviendo hasta situarte en una especie de posición central desde la que abarcas un trasiego constante de personajes y acontecimientos a través de generaciones, en un caleidoscópico viaje donde todos y ninguno de los personajes son el principal protagonista. La misma posición desde la que accedes al mundo casi onírico en la que la historia con mucha frecuencia se adentra: ascensos a los cielos, espíritus, chorros de sangre que recorren grandes distancias hasta llegar a su destino, premoniciones, corazonadas, levitaciones…todo un ramillete de hechos extraordinarios narrados con un estilo realmente embriagante. Realismo mágico lo llaman.


En cuanto al argumento en sí, me sucede que encuentro algo baladí adentrarme a resumir una historia que todo buen aficionado a la lectura sin duda conocerá. No sé, sería casi como ponerse a contar El Quijote –otra de mis lecturas siempre pendientes-. Además, unos pocos golpes de teclado en Google bastan para acceder a un mogollón inmenso de referencias al argumento –la Wikipedia, sin ir más lejos-. Dicho esto ¿Para qué me voy a poner a escribir sobre la historia de la familia Buendía; de su establecimiento en la jungla colombiana y de la fundación de Macondo, el pueblo donde durante seis generaciones suceden la práctica totalidad de acontecimientos? ¿Qué decir sobre José Arcadio y Úrsula en su papel de contemporáneos Adán y Eva, o de los casi sesenta personajes que, con mayor o menor peso, circulan por la historia?


Mi sensación final es de haber leído, efectivamente, una gran novela. La he disfrutado mucho y, como decía más arriba, he caído de nuevo en los encantos de García Márquez como escritor. Pero es una historia muy larga y los personajes son tan numerosos que ha habido veces que me he perdido un poco en su identificación, sobre todo debido a la repetición de nombres durante las sucesivas generaciones. A ratos he notado caídas en la intensidad del relato, lo que ha provocado que en ocasiones me encontrara “fuera” de la historia.

Muy buena, sí. ¿Para repetir lectura en un futuro? Pues va a ser que no.

23 de octubre de 2011

Un libro: Cádiz (Los Episodios Nacionales) - Benito Pérez Galdós (1873)

8 / 10

Sucedía que, estando en posesión de la obra que hoy nos ocupa desde hacía lustros, este humilde bloguero habíase retrasado, y tanto, en su lectura debido a motivos que, por numerosos, sería tedioso relacionar aquí, siendo la disponibilidad de otras lecturas a priori más interesantes el principal de ellos.

No obstante, singulares circunstancias hicieron que al fin, el pequeño volumen de sugerente título tuviera su merecida oportunidad, sirviendo así como primer acercamiento a Los Episodios Nacionales. Es esta una serie de cuarenta y seis novelas históricas que tan erudito autor escribió en un periodo de cuarenta años. Calcúlese de forma sencilla que resultan 1,15 novelas por año, dato que resulta doblemente abrumador si se tiene en cuenta que otras muchas obras fueron escritas por el autor en el mencionado periodo, la inmortal Fortunata y Jacinta entre ellas.

Dejando a un lado el pasmo producido por tal nivel de creatividad, iniciaré una breve sinopsis. El argumento de esta novela es escueto: Gabriel de Araceli, narrador-protagonista de la primera serie de novelas de Los Episodios, es un militar destinado a la Isla de León –actual San Fernando- quien coincide con Lord Gray, apuesto caballero oriundo de Inglaterra, a la sazón aliada de España, durante el sitio francés de Cádiz, allá por 1810. Ambos personajes entablan una extraña amistad no exenta de soterrada animadversión, y frecuentan la casa de doña María de Rumblar, señorona de alta cuna que mantiene en régimen de enclaustramiento inquisitorial a sus dos hijas y a su sobrina, con el fin de preservarlas del maligno ambiente liberal circundante. Los amores, ciertos o sospechados, entre unos y otras son el eje central de la novela. Mientras los acontecimientos se suceden, son narradas las tertulias celebradas en la ciudad, en las que se exponen tanto ideas liberales como conservadoras. También está muy presente el ambiente que se vivía en las calles por las Cortes de Cádiz –constituidas en San Fernando y luego trasladadas allí-, que promulgaron la primera Constitución española, la Pepa, por haber sido aprobada el día de San José y… bueno, esta parte me suena a archisabida, así que paro el carro.

A pesar de que el argumento pueda resultar algo insustancial y un poco ñoño –nada duro o desagradable se cuenta, ciertamente-, y alguno de sus diálogos un pelín plomizo, a mí Cádiz me ha gustado en todos sus aspectos: Su prosa elegante y eficaz, su desbordante romanticismo y lo histórico del contexto donde se desarrolla la historia, que toma mayor valor siendo uno como es gaditano de pura cepa. Y hablando de gaditanismo, no puedo dejar de hacer mención –un tanto emocionada, debo reconocer- del fino piropo a Cádiz contenido en sus primeras líneas. Habla Gabriel de Araceli:

“En una mañana del mes de Febrero de 1810 tuve que salir de la Isla, donde estaba de guarnición, para ir a Cádiz, obedeciendo a un aviso tan discreto como breve que cierta dama tuvo la bondad de enviarme. El día era hermoso, claro y alegre cual de Andalucía, y recorrí con otros compañeros, que hacia el mismo punto si no con igual objeto caminaban, el largo istmo que sirve para que el continente no tenga la desdicha de estar separado de Cádiz”

Digno de un coro de carnaval, si señor. Y una curiosidad, para terminar: La referencia a una devastadora tormenta que, al parecer, golpeó la bahía de Cádiz por aquellos días:

“Lord Gray y yo atravesamos la Cortadura precisamente el día del furioso temporal que por muchos años dejó memoria en los gaditanos de aquel tiempo. Las olas de fuera, agitadas por el Levante, saltaban por encima del estrecho istmo para abrazarse con las olas de la bahía. Los bancos de arena eran arrastrados y deshechos, desfigurando la angosta playa; el horroroso viento se llevaba todo en sus alas veloces, y su ruido nos permitía formar idea de las mil trompetas del Juicio, tocadas por los ángeles de la justicia. Veinte buques mercantes y algunos navíos de guerra españoles e ingleses estrelláronse aquel día contra la costa de Poniente; y en el placer de Rota, la Puntilla y las rocas donde se cimenta el castillo de Santa Catalina aparecieron luego muchos cadáveres y los despojos de los cascos rotos y de las jarcias y árboles deshechos.”

Los de por aquí sabemos lo que supondría hoy día que, como escribió Galdós, las olas saltaran el referido istmo, por donde discurre la carretera que une Cádiz y San Fernando. Horrible. Para que luego nos quejemos del mal tiempo cuando caen cuatro gotas.

7 de septiembre de 2011

Un libro: Legionario. El manual del soldado romano - Philip Matyszak

09 / 10

El servicio militar del soldado romano duraba ¡25 años! Dicho esto, me pregunto qué hacía yo allá por el 83 lamentándome del secuestro al que me sometió el Estado en un servicio que duró nada menos que 13…meses. Tiempo en el que además, la tranquilidad fue la nota predominante y cuya actividad más belicista fue disparar alguna que otra vez con un viejo CETME a una diana, la mayoría de las veces sin alcanzar siquiera el soporte donde se situaba. Eso sí, no faltaba la ferocidad dibujada en mi rostro al imaginarme que el objetivo de mis tiros era el despiadado sargento chusquero que me puteaba cada vez que me asignaba una incómoda guardia.


Este cautivador librito te pone en situación. Imagínate que eres un joven que ostenta la ciudadanía romana allá por el año 100 DC., con Trajano dirigiendo los designios del Imperio. No estás cualificado para ninguna labor con la que ganarte la vida (te encuentras, como seguramente se diría en aquellos días, en el parum), o sí lo estás pero te gustan las emociones fuertes. La única salida que ves en tu horizonte próximo es alistarte al ejército. La inspiración no te ha venido por las buenas, ya que entre el populacho se cuentan historias de triunfos, conquistas y heroicidades. Además, hay por ahí eslóganes que te animan a dar el paso. Un ejemplo:

“conscribe te militem in legionibus, pervagare orben terrarum, inveni terras externas, cognosce miros peregrinos, eviscera eos”

(Enrólate en las legiones, viaja a lugares lejanos, conoce gente exótica e interesante y descuartízala)


Así que si, además del imprescindible origen romano eres soltero, mides alrededor de 1,70 m., y tienes buena vista –si llevas alguna carta de recomendación ya ni te cuento-, es muy probable que dentro de unos meses te encuentres formando parte de una formidable máquina de matar, destripando partos cerca del Eúfrates o decapitando dacios allá por los Cárpatos. Todo ello, claro está, si tras unos durísimos entrenamientos continúas con vida y con ganas de no desertar.

El Manual (no oficial) del Ejército Romano, desvela todos los pormenores de la vida de un legionario del Imperio, desde el momento del juramento (“Da un paso al frente, recluta, y declara por los dioses el juramento irrompible de que seguirás a tu comandante a donde quiera que te lleve, etc, etc, etc”.), hasta su licenciatura o muerte. Sin prácticamente dejarse atrás ningún detalle, el manual –cuyo texto se dirige al lector como si éste fuera realmente a enrolarse- refiere detalles sobre la rutina diaria en una legión: vestimenta, alimentación, higiene, correspondencia…

Pero el punto fuerte es, como no podía ser de otra forma, todo lo referente a la entrada en combate: Quiénes son tus enemigos más encarnizados y cuáles son sus puntos débiles; cómo funcionan los artefactos utilizados en el sitio de una ciudad (catapultas, torres de asedio, arietes…); cómo blandir la gladius (espada), el pilum (lanza) o el scutum (escudo), entre otros muchos utensilios; qué recompensas te esperan por tu valor y qué castigos por tu cobardía. Además lo hace con un gran sentido del humor, recurriendo a simpáticos comentarios, como el que sigue:

“Una de las ventajas de que Judea sea provincia romana es que podrás entender la mayor parte de los insultos proferidos contra ti, entre los que Romanii ite domun será probablemente uno de los más suaves.” (El insulto sería el equivalente al
famoso Yankees go home, que no todo el mundo domina el latín como el autor de este blog).

Recomendatum.

18 de noviembre de 2010

Un libro - Anatomía de un instante - Javier Cercas (2009)

9 / 10

Por supuesto, y muy lógicamente dada mi proverbial mala memoria, que no recuerdo ni por asomo qué estaba haciendo ni dónde me encontraba aquella tarde. Estaba a pocos días de llegar a la mayoría de edad, hacía tiempo que había dejado los estudios, trabajaba en un negocio familiar y llenaba mis tardes con siestas excesivamente largas, lo que me hace pensar que a la hora de los hechos estaría, probablemente, volviendo a la vida e intentando aclarar mi cabeza, momentos antes de reunirme con mi novia y/o amigos para compartir otra tarde de rutinario e improductivo entretenimiento, despreocupado del mundo y de los acontecimientos y ajeno al vertiginoso devenir político que atravesaba el país. Así era buena parte de la juventud que dominaba mi entorno en esos días. Y así era yo, por supuesto, aletargado todavía –y lo que me quedaba- por el influjo hippie que en todas partes era ya un cadáver pero que yo intentaba reproducir en mi muy convencional existencia –ya sabéis, el pelo largo hasta donde lo permitía la autoridad paternal, ropa que intentaba ser estrafalaria y discurso incoherente, repitiendo una y otra vez “passso de todo”, “parad el mundo que yo me bajo”, “haz el amor y no la guerra” y otras afamadas frases que incluso entonces ya olían a rancio-.

Es muy probable por tanto, que fuera mientras enjuagaba mis ojos cuando se produjo el que sin duda fue el acontecimiento más peliagudo de la entonces incipiente democracia española, colofón según muchos de la exitosa y aclamada Transición. Era lunes, 23 de febrero de 1981. A las dieciocho horas y veintitrés minutos, en plena sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del gobierno tras la dimisión de Adolfo Suárez, un grupo de guardias civiles encabezados por el teniente-coronel Antonio Tejero irrumpe en el hemiciclo al grito de “¡Quieto todo el mundo!”, seguido de un sinfín de disparos de pistola y subfusil que impactan en el techo de la estancia. Todos diputados se agazapan tras los escaños, a excepción de Santiago Carrillo, Adolfo Suárez y un alteradísimo general Manuel Gutiérrez Mellado, que sufre los intentos de Tejero por arrojarle al suelo, en una fallida demostración de autoridad castrense. Las cámaras lo captan todo mientras se mantienen operativas. Pocas ocasiones habrá de ver en directo aquello de lo que tanto se hablaba y por lo que tanto se temía –o no- en esos días: un golpe de estado, una asonada militar, el ruido de sables tomando cuerpo… Luego vendrían la oscura incertidumbre ante lo que podía ocurrir en el interior del Congreso y la inevitable sensación de que el país se encontraba de nuevo al borde del conflicto bélico. La indecisión de la mayoría de la capitanías generales en secundar el golpe y la diferente visión que tenían los principales ejecutores sobre su objetivo final, amén del oportuno posicionamiento del Rey y la lealtad de sus generales más próximos, deben contarse entre los factores principales de su fracaso.

Para los que tenemos cierta edad, el relato puede parecer un tanto pedante y repetitivo, de tantas veces que hemos visto las imágenes. Sí que es verdad que, una vez retomadas las riendas de las amenazadas libertades, recobrado el país el pulso democrático y pasado el tiempo suficiente, el episodio acabó adquiriendo tintes de antigualla televisiva. Imágenes de aspecto casi setentero, en las que aparecen señores de apretadas corbatas y acampanados pantalones, medias melenitas los más progres y venerables canas los más veteranos, con muchos de ellos fumando en su escaño; imágenes que forman parte por derecho propio de la intensa y ajetreada Historia de España, y que vuelven con toda su potencia descriptiva de tarde en tarde, con ocasión de redondos aniversarios –como probablemente comprobaremos en su muy cercano trigésimo- o con motivo de alguna publicación que traiga el tema a la actualidad, sobre todo si lo hace con la brillantez y la amenidad con la que Javier Cercas ha bordado este magnífico ensayo de criminológico título.

A pesar de la espesa caraja mental en la que entonces naufragaban mis pensamientos, tendría que haber sido un auténtico pazguato para no darme cuenta de lo que se estaba cociendo por aquellos días en España a todos los niveles, pero especialmente en el plano político. Hacía poco más de cinco años de la muerte del dictador que había manoseado el país durante décadas, con lo que los melancólicos del régimen todavía eran legión y ostentaban capacidad suficiente como para minar con saña todo camino hacia la democracia; ETA asesinaba a mansalva, con su sangriento punto de mira permanentemente puesto sobre sus dos objetivos principales: el ejército y la guardia civil, provocando la ira y la indignación de los cuarteles y de unos mandos ya de por sí muy predispuestos a desenvainar el sable e iniciar la nueva cruzada; El Rey era visto por los sectores más reaccionarios como un traidor a la figura del Caudillo; la situación económica española rozaba la catástrofe, con miles de pérdidas de puestos de trabajo; la confianza en las instituciones era nula… La figura del pronunciamiento militar cada vez se presentaba más nítida en aquel panorama caótico que sufría la sociedad española: en agosto de 1980 la portada del periódico ultraderechista Heraldo Español publicaba en portada la imagen de un furioso corcel alzándose sobre sus patas traseras, "¿Quién montará este caballo? Se busca un general", rezaba el gran titular. Se podía decir más alto, pero no más claro. Además, y volviendo a las imágenes del asalto, es curioso y significativo ver que, un instante antes de la entrada de Tejero, el inicial alboroto exterior haga que algunos diputados se levanten como resortes en un instintivo intento de huída, mientras algún otro dobla las rodillas buscando la seguridad de las traseras de los escaños. Había mucho miedo, sí.

Pero nada como la lectura de Anatomía de un instante para poner al lector en situación y llevarlo al punto exacto de la zozobra que vivió España entonces. Con suma habilidad, capacidad descriptiva y una brillante prosa, Javier Cercas revive aquellos momentos decisivos de nuestra historia. Con toda la objetividad y parcialidad de la que se puede hacer gala en un tema tan proclive al maniqueísmo, el autor estructura la narración tomando como bases a sus principales protagonistas y describiendo sus complejas personalidades y circunstancias: Adolfo Suárez –su entonces reciente pasado franquista, sus méritos como presidente en el cambio, su pertinaz resistencia a perder el poder…-. Santiago Carrillo –su renuncia al leninismo, su papel durante la Guerra Civil, Paracuellos…- Alfonso Armada y su ilusión por encabezar el gobierno tras un golpe blando…- Antonio Tejero, o el semblante del golpe duro (“yo no he asaltado el Congreso para esto”). Gutiérrez Mellado, el Rey, Milans del Bosch, el CESID
Personajes y circunstancias a través de los cuales Javier Cercas ha construido un brillantísimo ensayo sobre un periodo decisivo se nuestro devenir histórico.

http://www.rtve.es/rtve/20090123/23-f-hace-29-anos/223731.shtml

31 de julio de 2010

Un libro - La Ciudad de los Prodigios - Eduardo Mendoza (1986)

6,5 / 10

Con solo trece años, Onofre Bouvila recala en la ilusionada Barcelona donde se está fraguando la Exposición Universal de 1888. Llega huyendo del hambre y de unas expectativas familiares no satisfechas. Allí, a base de algo de astucia, pocos escrúpulos y mucha crueldad, logra no sólo salir adelante, sino convertirse en una de las personas más influyentes de Cataluña primero y España después, llegando a tener influencia internacional. Repartidor de octavillas anarquistas, vendedor de crecepelo, traficante de armas o simplemente ladrón, para este extraño personaje aquellos que se cruzan en su camino son sólo los peldaños de la escalera que le ayudará a subir a lo más alto. Un extraño y despiadado trepa dispuesto a todo con tal de conseguir sus fines. Mientras todo esto acontece, Barcelona, la otra protagonista de la novela, va definiendo su identidad para convertirse en la ciudad moderna y progresista que hoy conocemos.

Extraño personaje para una extraña historia, bastante diferente a la que esperaba en un principio. Hasta ahora, en todo lo que había leído de Eduardo Mendoza encontré dos características principales: un sentido del humor como pocas veces se da en novela y una excelsa retórica. Con ambas disfruté en extremo (ahí está El misterio de la cripta embrujada como mejor ejemplo). Pues bien, ni una cosa ni otra están presentes en La ciudad de los prodigios en la medida deseada. El humor aparece muy esporádicamente, mediante las clásicas situaciones absurdas que el autor sabe construir como nadie, y la retórica brillante también me pareció minimizada en exceso. Es una narración donde el interés se muestra de forma intermitente y discontinua, y con momentos en los que, en mi opinión, se alarga innecesariamente. Para menoscabo de la narrado sobre Onofre Bouvila y sus circunstancias, debo decir que los momentos más interesantes se corresponden con aquellos en los que los protagonistas son Barcelona y los acontecimientos históricos con ella relacionados, que encontré realmente interesantes y bien escritos.

Concluyendo, que esta reputada obra del gran Eduardo Mendoza me ha dejado un poco frío, sin duda debido a las grandes expectativas que había puesto en ella. Con todo, no deja de ser una historia bien escrita y a ratos amena, con ocasionales muestras de la maestría del autor. Los vaivenes de la historia me hacían pensar, mientras avanzaba en la narración, que Mendoza no tenía un guión fijo, sino que la improvisación ha tenido mucho que ver en el día a día de esta obra que no será, por supuesto, la última que me eche a la vista de este grandísimo escritor.

8 de julio de 2010

Trilogía sobre Publio Cornelio Escipión, Africanus - Santiago Posteguillo



1 - Africanus. El Hijo del Cónsul (2006)

2 - Las Legiones Malditas (2008)

3 - La Traición de Roma (2009)

10 / 10


Hacía tiempo que no ponía nada sobre lecturas, y aquí está la explicación. Unas 2.500 páginas llenas de épica y honor, de intrigas y traiciones, de crueldad y magnanimidad y de sangre, mucha sangre, en el contexto de uno de los conflictos quizás más decisivos que en la Historia se hayan dado, han tenido la culpa del retraso. Poco coherente hubiera sido comentar por separado cada uno de estos volúmenes, habida cuenta de la clara (y lógica) línea argumental que esta trilogía sigue. He preferido concluir el segundo volumen –ahora lo explico- para hacer un comentario sobre la historia en su totalidad, que abarca toda una agitada y apasionante existencia, como fue la que vivió Publio Cornelio Escipión, Africanus, el mayor general de la historia de Roma, quizá sólo superado posteriormente por el más “mediático” Julio César.

De momentos decisivos, puntos de inflexión y encrucijadas históricas está nuestra existencia repleta. Nunca sabremos qué hubiera pasado en determinados momentos de la Historia de la Humanidad en los que el devenir de los acontecimientos dependió, quizá, sólo de pequeños detalles: decisiones –aciertos, errores, suerte...- que determinaron la posterior dirección de los hechos en un sentido u otro, especialmente en lo que al campo de batalla se refiere. Así, sólo podemos especular con el semblante que mostraría hoy Europa si el Islam no hubiera sido frenado en Poitiers por Carlos Martel en 732 ó en Viena casi 800 años después. Y si las tropas aliadas no hubieran conseguido doblegar la locura expansionista de Hitler, desembarco en Normandía mediante, ¿cómo sería hoy la vida en Occidente?

Como sólo soy un frecuente lector de textos relacionados con la Historia no pretendo, ni mucho menos, erigirme en entendido sobre este tema en cuestión, con lo cual, y pese a que procuro documentarme respecto de las cosas que aquí escribo, seguramente meteré algún que otro patazo. Puede que uno de ellos sea considerar las Guerras Púnicas en su conjunto como un hecho decisivo en la Historia, equiparándolo a los ejemplos antes mencionados. Sin embargo, y a la luz de la lectura de esta trilogía, no puedo dejar de plantearme qué hubiera pasado si el resultado de esa contienda hubiera sido finalmente favorable a Cartago, teniendo en cuenta el inmenso legado cultural que dejó Roma para la posteridad de Occidente y las profundas diferencias con la potencia rival. Una vez más, sólo podemos especular con lo que hubiera pasado en ese caso.

Bueno, pues tenemos al personaje de Escipión Africanus como eje central de la obra, basada en su vida y también en buena parte de la denominada Segunda Guerra Púnica, con Cartago intentando recuperarse del batacazo sufrido en la primera de esas guerras. Para ello, los descendientes de los fenicios ponen sus ojos en la fértil Hispania –que ya era un apetecible destino turístico por aquella época-. Los cartaginenses se empeñan en tomar Sagunto, aliada de Roma aunque dentro del pactado radio de acción cartaginés. Roma conmina a Cartago para que deponga su actitud, ésta se niega y... Casi al mismo tiempo, al otro lado del mundo, Antíoco III de Siria va dando forma en su cabeza a la idea de recuperar los territorios que pertenecieron al imperio de Alejandro Magno, mirando con desdén el creciente poderío de aquella ciudad que se impone en Occidente.

A partir de ahí, comienza un relato de un enorme poder de seducción, novelando de forma magistral una epopeya tras otra, y donde también alcanza gran protagonismo, como no podía ser de otra forma, Aníbal, el líder absoluto del ejercito cartaginés. El general que, cruzando los Alpes con su gigantesco ejército y su manada de elefantes, puso en jaque a la misma ciudad de Roma, cuya población llegó a recurrir al sacrificio humano para ganar el favor de los dioses ante la amenaza real de su destrucción. Comienza también el rosario de intrigas entre los diferentes grupos senatoriales, con Fabio Máximo y luego Marco Porcio Catón encabezando con su retorcida astucia la facción enemiga de los Escipiones. Un intenso periodo de la historia de Occidente narrado a la perfección, que te traslada al mundo conocido del siglo III AC.; a las calles de Roma, a su Senado; a las abruptas junglas que cubrían la Hispania todavía por conquistar; al abrumado y decadente Egipto gobernado por los Ptolomeicos; a las amplias llanuras de Anatolia, dominadas por Antíoco III y su caballería acorazada; a campos de batalla donde inmensos ejércitos chocan con una brutalidad inimaginable, dejando montañas de cadáveres pasto de los buitres...

A pesar de la clara línea narrativa de la trilogía, no veo imprescindible seguir los volúmenes en el orden de publicación. De hecho, comencé por el tercero –regalazo de Reyes-, y terminé por el segundo. Con habilidad, el autor –al que desconocía por completo y por el que declaro mi rotunda admiración- te va poniendo al día de los acontecimientos previos. Otro punto más a favor de un trabajo que va más allá de la novela al uso: un auténtico legado cultural fruto de una inmensa labor, que ha sabido combinar con maestría historia y ficción.

29 de marzo de 2010

Un libro: Ensayo sobre la ceguera - José Saramago (1995)

8/10

Como casi todo hijo de vecino, quien esto escribe – individuo poco versado, triste verdad, en literatura- tenía conocimiento de la existencia de un escritor portugués llamado José Saramago. Los medios de comunicación españoles siempre le han tenido bastante en cuenta, llevando al dominio público los habituales homenajes que se le brindan, su acérrima militancia comunista, sus frecuentes rifirrafes con la Iglesia Católica y, como no, el Premio Nóbel de 1998. Para paliar en lo posible tan acusada falta y atendiendo una oportuna recomendación, nada mejor, pensé, que atacar la lectura de Ensayo sobre la ceguera, título responsable de la concesión del Nóbel, y cuya reducida sinopsis paso a reproducir.

Son un país y una ciudad desconocidas, en un periodo indefinido pero actual. Un hombre que espera en un semáforo reclama ayuda desesperado porque, repentinamente, tiene la sensación de estar sumergido en un mar de leche. Lo ve todo blanco: se acaba de quedar ciego. Alguien le acompaña a casa y posteriormente es llevado por su mujer a un oculista, donde esperan varias personas a ser atendidas. Poco después, todas estas personas están ciegas. Las autoridades bautizan el fenómeno como Mal blanco, y pronto los afectados, que empiezan a multiplicarse, son considerados como apestados a los que hay que aislar a toda costa. Un viejo manicomio abandonado carente de las mínimas condiciones de habitabilidad será el destino de los enfermos, sometidos a vigilancia militar dispuesta a acabar con todo aquél que pretenda salir del recinto. Conforme el mal se va extendiendo implacable, la gente desciende a unos niveles de bajeza e indignidad inimaginables. Pero la nobleza humana siempre se abre camino, gracias en este caso al espíritu de lucha de la única persona a la que no le ha afectado la infame plaga.

Ensayo sobre la ceguera es una novela impactante, impresionante, brutal. Relata cruda y despiadadamente un argumento que no por improbable resulta menos aterrador. Aunque –a pesar del título- se trata de una ficción, la historia contiene todos los mensajes que sobre el hombre y su relación con el entorno se quieran extraer. Ahí va el mío:
El ser humano desarrolla su existencia en medio de un delicado equilibrio al que la más mínima tara puede afectar de forma definitiva. A menudo nos preguntamos qué sería de nosotros sin toda esa tecnología que utilizamos para organizar y controlar nuestras vidas, o qué pasará el día que se agoten los recursos energéticos de los que dependemos. Pero rara vez nos planteamos qué ocurriría si perdiéramos los mecanismos perceptores de todo lo que nos rodea. La vista es la reina de todos esos mecanismos, porque la humanidad podría salir adelante si perdiera la capacidad de captar sabores, aromas, texturas o sonidos, pero si perdiéramos la capacidad de ver, las consecuencia serían muy cercanas a lo que nos cuenta Saramago: El desgobierno llegaría a ser total; los servicios –agua, gas, electricidad, transportes, recogida de residuos...- dejarían de funcionar; los alimentos se agotarían sin posibilidad de reposición; el hambre sacaría a familias enteras de sus domicilios, a los que luego no podrían volver por no poder reconocer el camino de retorno; muchos no serían capaces de llegar a un lugar adecuado donde evacuar, con lo que pronto montones de inmundicias inundarían cada rincón... El caos absoluto, la debacle total, y un camino probable hacia la extinción de nuestra especie.

Si la historia es en sí misma deprimentemente atractiva -permítaseme el contradictorio calificativo-, qué decir de la forma de escribir de Saramago. Pues, antes que nada, lo primero que salta a la vista es que el portugués se sirve de un estilo nada convencional, sobre todo en lo que a los diálogos se refiere, ya que no utiliza los típicos guiones para diferenciar cada línea de diálogo, sino que éstas están alojadas dentro de los párrafos, siempre después de una coma y con mayúscula en su comienzo. Además, los personajes carecen de nombre, siendo identificados con alguna característica –la mujer del médico, el primer ciego, el niño estrábico, el ladrón de coches...- Un curioso recurso que, sin embargo, provoca cierta confusión en algunos pasajes, con momentos en los que no se tiene claro cuál de los personajes está hablando. Por lo demás, la prosa de Saramago consigue trasladar al lector toda la carga de pesimismo y desesperanza de los protagonistas (“Tumbados en los camastros, los ciegos esperaban que el sueño se compadeciera de su tristeza”), así como imágenes metafóricas que encontré realmente atractivas (“Ha amanecido el día. El primer sol todavía acecha por encima del hombro del mundo antes de esconderse otra vez entre las nubes”).


Afortunadamente, siguiendo con el argumento de la novela y para finalizar, no todo el mensaje es tan radicalmente negativo. La solidaridad se hace presente en el grupo humano protagonista de la historia, ayudado por el mencionado personaje inmune al mal. A pesar de la extrema situación por la que están pasando sus existencias, del egoísmo y la indiferencia hacia los demás reinantes, el grupo humano se las va apañando para sobrevivir. Atrás van dejando sus esperanzas y gran parte de su dignidad, aguantando a durísimas penas la dramática situación y con la esperanza de que, algún día, las nubes se abran y dejen pasar los rayos del sol de la esperanza –metáfora poco currada, ya lo sé-, cosa que, por supuesto, no voy a desvelar si finalmente ocurre o no.

12 de febrero de 2010

Un libro: Gomorra (2007)

7/10

Vedi Napoli et poi mori (ver Nápoles y después morir) es un dicho atribuido a Goethe. Aunque en honor a la verdad no sé el sentido que el alemán le quiso dar a tal aseveración, después de la lectura del libro que nos ocupa me queda claro que la relación entre esa zona del sur de Italia y el hecho de morirse queda más que justificada, y no precisamente debido a una sobredosis de limoncelo.

Recuerdo un viaje a Italia hace unos años, y el paso fugaz por esta ciudad de camino a Pompeya, Capri y otros lugares más o menos cercanos. Recuerdo también que lo poco que vi no me causó precisamente una grata impresión, ni muchos menos. Hablar de suciedad acumulada, monumentos y edificios descuidados y sensación de caos generalizado bien pudiera servir para hacerse una idea de la negativa sensación que, sobre esa parte del mundo, me traje de vuelta en una gira por Italia donde todo lo demás fue maravilloso. Por si fuera poco, la guía que nos acompañaba, que allá donde íbamos nos advertía de la necesidad de no descuidar las mochilas, bolsos, etc., al llegar nos dijo que en Nápoles tendríamos que prestar atención a algo más que nuestras carteras: no debíamos abandonar el grupo de turistas bajo ningún concepto, porque corría peligro nuestra integridad física.

Pero bueno, como casi todo en esta vida merece el beneficio de la duda, tengo que decir que en realidad vi muy poco de Nápoles. Apenas dimos una vuelta por el centro para, posteriormente, dirigirnos al puerto y que un ferry nos acercara a la isla de Capri –donde por cierto me comí el mejor helado de mi vida-, lejos de los supuestos peligros de una ciudad que, seguro, tiene numerosos encantos que ofrecer al visitante. No puede ser de otra forma, siendo como es la cuna de la pizza napolitana, idóneo manjar para llenar la falta de ideas culinarias de un día sin plan de comida.

Y a todo esto, que se me va la pinza viajera, pasamos a comentar este libro que nos habla, de una forma muy documental, de los tejes y manejes de la Camorra, que no es otra cosa que el crimen organizado del sur de Italia, con centro precisamente en Nápoles, pero con mogollón de poblaciones periféricas donde el fenómeno mafioso campa a sus anchas. Mira tú por donde, gracias a Gomorra, me he enterado de las diferentes denominaciones que reciben los diferentes “credos” mafiosos según las regiones donde se asientan. Así, entre otras, la Camorra sería la mafia de la Campania, región de la que Nápoles es capital; la Cosa Nostra la encontramos en Sicilia y la ‘Ndrangheta es el término utilizado para identificar al crimen organizado en la región de Calabria, la punta de la bota que forma la península italiana. El autor, Roberto Saviano, es un napolitano que ha plasmado en forma de libro toda la información sobre la Camorra que ha podido recopilar durante años de investigación y estudio, y que previamente había publicitado en forma de reportajes y artículos. Tal es su conocimiento del tema y tan detallados y escabrosos los pormenores que narra que, tras la publicación de Gomorra, el hombre ha tenido que salir pitando de Nápoles y está permanentemente escoltado ya que, según dice él mismo, “la Camorra tiene una memoria larguísima y es capaz de una paciencia infinita. No hay duda ninguna: seguro que me lo harán pagar; el problema es que no sé cuándo y dónde.”

Página a página, Saviano va desvelando las claves que hacen de aquellas organizaciones poderosos entes bajo los que se confina una masa de afiliados de toda índole, la mayoría de ellos con un denominador común: la falta de perspectiva y de oportunidades. Siendo como es el sur de Italia una zona donde el desempleo y la economía sumergida están a la orden del día, no es de extrañar que la juventud tenga clara la forma de huir de tanta desesperanza. No hay mejores palabras para expresar esta cuestión que las que utiliza el autor. Roberto Saviano dixit:

“¿Por qué caer en la depresión buscando un trabajo que sólo da para malvivir? ¿Por qué acabar contestando al teléfono en un empleo a tiempo parcial? Hacerse empresario. Pero de verdad. Capaz de comerciar con todo y de hacer negocios hasta con la nada… Ser el centro de toda acción, de todo poder. Usarlo todo como medio y a sí mismos como fin. Los que dicen que es amoral, que no puede haber vida sin ética… son sólo los que no han conseguido mandar, los que han sido derrotados por el mercado. La ética es el límite del perdedor, la protección del derrotado, la justificación moral para aquellos que no han conseguido jugárselo todo y ganarlo todo.”

Y así es como la inmensa maquinaria mafiosa siempre dispone de material humano con el que hacer rodar sus siniestros engranajes y llevar a cabo su incesante actividad, que abarca desde el mercado negro de ropa de marca, al tráfico internacional de drogas y armas, pasando por la extorsión directa a empresarios o el vertido ilegal de residuos tóxicos. La mugre y la podredumbre salpican todo el sur de Italia, y raro es el habitante de esa región que –directa o indirectamente- no ha tenido contactos con la Camorra. Policías, jueces, políticos… todos los estamentos del país se han visto alguna vez implicados en escándalos de colaboración con los mafiosos. Anonadado me dejan estas palabras del autor, que dejan ver muy a las claras la influencia del fenómeno mafioso en la política local:

“…la Campania ha batido el récord de ayuntamientos investigados por infiltración de la Camorra. Desde 1991 hasta ahora han sido disueltos nada menos que setenta y un ayuntamientos… Un número elevadísimo, que supera con creces los disueltos en las demás regiones italianas… Tan solo nueve de noventa y dos ayuntamientos de la provincia de Nápoles no han sido nunca objeto de intervenciones, investigaciones y auditorías.”

En fin, que el panorama que pinta el bueno de Roberto Saviano es chungo en grado sumo, y es precisamente en la descripción de la brutalidad que gastan los clanes donde se halla el principal activo de Gomorra, una vez despierto ese diablito morboso que tod@s llevamos dentro. Tiros en la nuca, cuando no despiadados acribillamientos en plena calle, degollamientos, enterramientos con la víctima todavía viva, introducción de cuerpos en ácido para hacerlos desaparecer…, toda una gama de recursos bestiales con el objetivo de hacer pagar cualquier delación o deslealtad al clan.

Gomorra es, en fin, un interesante trabajo que abre los ojos del lector a una realidad de la que, generalmente, apenas se conoce lo que nos cuenta el cine y alguna noticia aislada que nos llega de vez en cuando. El problema es que se trata de un inmenso desfile de datos sobre el fenómeno, con profusión de descripciones de ejecuciones y ajustes de cuentas que empiezan impactando pero terminan cansando un poco. Aun reconociendo el gran documento al que el autor ha dado forma, tengo que decir que algunos capítulos me han resultado un poco espesos. Por cierto, la película que sobre este libro se ha rodado es bastante mala.

2 de septiembre de 2009

Un libro: Historia del Tiempo - Stephen Hawking (1988)

7/10

Supongo que a estas alturas todo el mundo conoce a Stephen Hawking, aunque solo sea por las dramáticas circunstancias relacionadas con su salud. Incrustado en una silla de ruedas, cada vez más esquelético y comunicándose a través de un ordenador que convierte en mecánica voz lo que escribe con los tres únicos dedos que puede mover. Son las consecuencias de una caprichosa y cruel jugarreta del destino, en forma de terrible enfermedad (Esclerosis lateral amiotrófica), que ataca al sistema neuromuscular, degenerándolo progresivamente y, la mayoría de las veces, acabando con la vida de la desafortunada víctima. Digo cruel porque, por si fuera poco, este mal no ataca las capacidades mentales de quien la padece, con lo que el enfermo permanece totalmente consciente de todo lo que le ocurre; y caprichosa, porque en el caso de S. Hawking ha dejado indemne, por el momento, una de las mentes más preclaras y fascinantes que se han dado en la humanidad. Y es precisamente esa paradójica circunstancia, en la que una mente maravillosa se aloja en un organismo prácticamente muerto, lo que hace de Hawking una singularidad tan fascinante como las que describe en esta su obra, Historia del tiempo (si pulsas aquí, la puedes leer online).

Tengo que empezar diciendo que, siendo las calificaciones que adjudico a lo comentado en este blog subjetivas a más no poder, la que otorgo a Historia del tiempo podría haber sido sustituida fácilmente por un interrogante, y me explico. Dar nota a un libro de esta índole, del que habré entendido no más de un 40 por ciento y del que uno no tiene los elementos de juicio para siquiera tener una opinión formada sobre lo que ha leído, es complicado. No se utiliza una elegante y cautivadora forma de escribir, aunque ésta sí es correcta y eficaz; no se habla de cosas que el lector medio pueda no ya asumir fácilmente, sino siquiera imaginar, pero no creo que se puedan explicar mejor; no proporciona datos que se puedan comparar con conocimientos propios, en este caso los míos, por otra parte inexistentes. Aunque no por ello los temas que trata no sean fascinantes -¡nada puede serlo más!-, como consecuencia de todo esto, la lectura de Historia del tiempo me ha resultado en parte desapasionada y un pelín decepcionante, porque, al menos en mi caso –y no tengo ningún reparo en reconocerlo-, el objetivo que se marcó el autor con su publicación, y que ahora comentaré, solo se materializa en un pequeño porcentaje.

Al inicio de la obra, entre agradecimientos y comentarios sobre las circunstancias que rodearon a su publicación, el autor refiere el motor principal que le movió a escribirlo –cruel comentario, por cierto-: ciertas cuestiones de interés para toda la humanidad -¿de dónde viene el universo? ¿cómo y por qué empezó? ¿tendrá un final, y, en caso afirmativo, cómo será?...

“...Pero la ciencia moderna se ha hecho tan técnica que sólo un pequeño número de especialistas son capaces de dominar las matemáticas utilizadas en su descripción. A pesar de ello, las ideas básicas acerca del origen y del destino del universo pueden ser enunciadas sin matemáticas, de tal manera que las personas sin una educación científica las puedan entender...”

Pues le quedo muy agradecido, Mr. Hawking, ya que quien esto escribe resulta ser un verdadero desastre en lo que a números, cálculos, fórmulas y ecuaciones se refiere. Soy de letras, o mejor dicho, lo hubiera sido si el destino me hubiera hecho transitar por senderos universitarios, lo cual sólo se produjo en una pequeñísima dosis, por supuesto orientada a Humanidades, de lo cual el destino no tiene ninguna culpa, por cierto.

Con todo, reitero la gran dificultad que he tenido para siquiera atisbar el entendimiento de muchos de los conceptos que aquí se tratan. La física cuántica, el principio de incertidumbre, los sucesos dentro de un agujero negro… y la relación de todos esos conceptos con el origen y el final del Universo. No obstante, la parte “entendible” me ha servido para adquirir nuevos conocimientos y revisar aspectos que ya había tocado con anterioridad: la formación de las estrellas, su final en forma de agujero negro, la expansión del Universo, el Big Bang…, en realidad lo más facilito de asimilar. Además, y como último indicio sobre mis limitaciones en cuanto a lo que aquí se trata, comentar que llevaba con este libro en la estantería un montón de años, de donde salió para un par de intentos de lectura y donde volvió al poco tiempo, por las razones ya comentadas. Así que, aunque haya tardado un año-luz, puedo proclamar orgulloso que ¡al fin! terminé Historia del tiempo de Stephen Hawking

6 de julio de 2009

Un libro - Yo, Claudio - Robert Graves (1934)

9/10

Unas últimas jornadas de maratoniana lectura han permitido que termine Yo, Claudio, justo el día que tengo que devolverlo a la biblioteca. Y no ha sido tarea fácil: casi 600 páginas de letra pequeña, texto apretado, párrafos extensísimos y poca generosidad en lo que a puntos y aparte se refiere. Pero ha merecido la pena, y mucho. La pretendida autobiografía del nada agraciado emperador romano, que ejerció el cargo entre los años 41 y 54 de nuestra era, es uno de esos libros que devoras con fruición. Te hipnotiza con su elegante pero a la vez obsesiva prosa. Imaginas al protagonista sin parar de hablar, con la mirada perdida en el infinito, narrando los más oscuros acontecimientos que han dominado su vida. Narración que quizá no vaya dirigida a nadie, excepto a él mismo.

Por supuesto, me cuento entre los admiradores de aquella magistral serie que nuestra televisión emitió allá por los... ¿setenta? La verdad es que el recuerdo de su visionado aparece borroso en mi memoria, aunque dominado por un Derek Jacobi magistral que consiguió con ese trabajo renombre internacional. Pero Yo, Claudio, la novela, va mucho más allá, detallando de forma excelsa las omnipresentes intrigas de la corte imperial romana. Por cierto, que no es de extrañar que muchos emperadores terminaran siendo unos déspotas sin escrúpulos dispuestos a cualquier tropelía con tal de mantener su estatus y el de sus herederos. Ese era, ni más ni menos, el ambiente familiar en el que crecían, donde abundaban los asesinatos, envenenamientos y destierros, la mayoría de las veces motivados por acusaciones totalmente infundadas.

No obstante su grandeza, siempre hay que poner en solfa el contenido de este tipo de obras. Al fin y al cabo pertenecen al género de novela histórica, con lo que sin desdeñar en absoluto la intensa labor de documentación que sin duda el autor ha llevado a cabo, y que se refleja en la cantidad de datos sobre la vida cotidiana romana que proporciona, no está de más comentar que muchos historiadores dudan de la veracidad de ciertos hechos, como es el caso de la pérfida influencia que Livia, esposa de Augusto y abuela de Claudio, ejerció tanto en su esposo como en la corte en general, amén de su faceta como hábil envenenadora. Una imagen de mujer calculadora, depravada y cruel que, repito, muchos historiadores han puesto en tela de juicio. Algo parecido ocurre con los mandatos de Tiberio y Calígula, en los que hechos como el nombramiento, por este último, de su caballo Incitatus como cónsul, son vistos con escepticismo por no pocos especialistas en el mundo romano.

Pero los avatares del cuarto emperador romano, no acaban con este volumen, que finaliza con su involuntario ascenso al trono, tras ser descubierto por la guardia pretoriana tras una cortina, temblando de miedo por su vida, una vez consumado el asesinato del desequilibrado Calígula. A la espera queda la segunda parte, Claudio el Dios y su esposa Mesalina, que relata todo su mandato hasta su muerte, también asesinado para variar.

3 de junio de 2009

Un libro: El señor de las Tinieblas - Alberto Vázquez Figueroa (2001)

6,5/10

Andaba yo el otro día por los pasillos de la biblioteca pública dolorido y decepcionado. Dolorido de tanto giro de cabeza a uno y otro lado, que mira la manía de poner los títulos sobre el lomo ora hacia arriba, ora hacia abajo. Y decepcionado, por no haber encontrado ninguno de los tres o cuatro títulos que buscaba. Decidí dejarme llevar por el aspecto visual de los volúmenes, sistema que habitualmente seguimos para decorar nuestras domésticas estanterías y darles un aspecto más lustroso. El sistema no tardó en funcionar, puesto que de inmediato vislumbré la novela que hoy toca comentar.

Lo del aspecto visual no es baladí, dado que unas llamativas letras rojas sobre el negrísimo fondo de una gastada cubierta, en la que se alojaban amarillentas y desvencijadas hojas, parecían identificar la obra que contendría la clave para franquear las puertas del mismísimo Averno. Sí, sí, igualito que Lucas Corso en el revertiano El club Dumas.

Pero resulta que no, que El señor de las tinieblas es una novelilla que no tiene nada que ver con el tema satánico. Al menos desde el punto de vista mórbido y oscuro que habitualmente se le da al asunto. Más bien se desarrolla a través de un argumento light y a veces humorístico, que paso a sintetizar.

Bruno Guinea es un investigador cuyo único afán en la vida es encontrar un remedio contra el cáncer. Un buen día se le presenta Satanás (o Lucifer, Belcebú, El Maligno... el personaje imaginario al que más nombres le han puesto, que ríase usted de los nietos del Rey), por supuesto transformado en un señor normal. Éste le ofrece la posibilidad de encontrar el remedio que anda buscando a cambio de poseer su alma para toda la eternidad. Por lo pronto, el argumento no es demasiado original: un pacto con el diablo, algo un poco manido ya, la verdad.

Y la novela tampoco es que sea gran cosa. Es uno de esos trabajos del que cuando te preguntan qué te ha parecido, respondes “distraído”, sin mucho afán. Sin embargo, éste es distraído de verdad. Las peripecias del protagonista a través de la selva ecuatoriana en busca del remedio, siguiendo señales y corazonadas diabólicamente teledirigidas, resultan en una lectura sencilla pero muy amena. Entre constantes peligros, alguna tilde de menos y teorías médicas que supongo discutibles, la historia se encamina con ágil paso hacia el final, que es donde la cosa acaba estropeándose.

Porque el final resulta desmesuradamente corto y poco aclarador. Se diría que el autor no ha sabido cómo terminarla, lo que precipita un desenlace escueto y a todas luces insuficiente, al menos comparado con otros pasajes donde los diálogos se alargan adecuadamente, metafísica incluida. Diálogos en los que, por cierto, sorprende el nivel dialéctico de los indígenas saqueadores de tumbas que acompañan al protagonista, por mucho que sea de todos conocida la facilidad verborreica de los habitantes del cono sur americano.

Se trata en definitiva de una lectura poco pretenciosa, aunque llevada con moderada solvencia, que ahonda en la eterna discusión entre el bien y el mal, Dios y El Maligno, de una forma un tanto ingenua pero divertida, y que además proporciona ciertos datos de interés sobre la cultura incaica y la selva amazónica. Lo malo, repito, es el final, que ha propiciado que mi nota baje del 7 ó 7,5 que pensé en darle durante su lectura, al sosete 6,5 final. Me quedo de largo con Viracocha, la única de este autor que había leído hasta ahora.

20 de mayo de 2009

Un libro: La Biblia al pie de la letra (2008)

8/10

¡La Biblia! ¿La Palabra de Dios? ¿La Verdad Revelada?..

... ¿O simplemente una recopilación de mitos, leyendas y preceptos de todo tipo, dictados y escritos por seres humanos de carne y hueso, bajo la lógica influencia del momento y las circunstancias en que se escribieron?

Dejo ahí la disyuntiva para la reflexión del interesado/a. Abordemos, por el momento, la cuestión bíblica desde una perspectiva más lúdica. La que nos propone A.J. Jacobs, editor de la revista norteamericana Esquire y autocalificado como conejillo de indias humano. El por qué de este mote lo encontramos en el hecho de que el amigo parece dispuesto a llevar a cabo los más extraños experimentos. Previamente a esta su aventura bíblica, AJ. Jacobs (AJ. en adelante) se embarcó en el propósito de convertirse en el hombre más culto de la Tierra… metiéndose entre pecho y espalda la Enciclopedia Británica

Nacido en el seno de una familia judía no practicante, AJ., agnóstico declarado, se propuso un buen día vivir siguiendo al pie de la letra las leyes y preceptos bíblicos. Eso sí, afortunadamente para él, la aventura “solo” iba durar un año. Pero dejemos que sea el bueno de AJ. quien lo explique:

“Mi propósito ha sido el siguiente: vivir la auténtica vida bíblica… seguir la Biblia del modo más literal posible. Obedecer los Diez Mandamientos. Dar frutos y multiplicarme. Amar a mi prójimo. Entregar el diezmo de mis ganancias. Pero también obedecer otras reglas que a menudo se olvidan: abstenerme de vestir ropa confeccionada con fibras mezcladas, lapidar adúlteras y, por descontado, no afeitarme la barba (Levítico 19:27). Intento obedecer la Biblia entera, sin seleccionar ni escoger”

Y a partir de ese momento, comenzó su rosario de acciones a cual más absurda e incomprensible, de las que cito algunas, aunque se cuentan por cientos:

- Haciendo sonar, soplando, un cuerno de carnero al principio de cada mes (esta era de las facilitas)
- Evitando el más mínimo contacto con su mujer en los días de menstruación, cumpliendo con la muy divina imposición de Levítico 15:20: “Todo aquello sobre lo que ella se acueste quedará impuro, y todo sobre lo que ella se siente…”
- Sometiendo a análisis microscópicos sus prendas de vestir para rechazar las que mezclan tejidos. Lo curioso es que existen especialistas a tal efecto, que garantizan que las prendas son ajustadas a la Ley.
- Lapidando a los malvados. Pero tranquilos, que la cosa se limitó a arrojar chinitas sobre algún que otro borracho.

¿El resultado? En lo que a mi opinión se refiere, La Biblia al pie de la letra ha resultado divertida e interesante. Divertida, porque el sentido que el autor ha querido dar a su trabajo ha sido ese, aunque viva situaciones de lo más surrealistas, como el momento en que accede a la circuncisión de su pequeño pese a considerar esta práctica como un rito primitivo y sin sentido. Lo pasa realmente mal. E interesante, porque acabas enterándote de muchas cosas del mundo judío que contribuyen a engrosar tu bagaje cultural (oich!).

En cuanto al autor, refiere al final de la obra lo que identifica como cierta evolución espiritual. El sabrá. Por lo pronto, los derechos cinematográficos de su aventura han sido adquiridos por Paramount Pictures, así que pronto podremos ver en la gran pantalla las tribulaciones de este curioso personaje, aunque yo me la bajaré de intenné, faltaría más

13 de mayo de 2009

Un libro: El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008)

7/10

Pomponio Flato es un noble romano que, motivado por sus ansias de aventura y diversas dolencias digestivas, recorre los confines del mundo conocido en busca de remedio a sus padecimientos. Ello le lleva a la Palestina del siglo I AC. donde conoce a una peculiar familia: un niño llamado Jesús, que encarga a Pomponio el esclarecimiento de un asesinato del que su padre, un carpintero llamado José, está acusado. También anda por ahí su madre, la gentil María. Los personajes suenan ¿a que sí?

El relato, planteado de forma epistolar pues se trata de una carta dirigida a un tal Fabio, es divertido y ameno, como no podía ser menos conociendo a su autor. Los personajes, algunos de ellos sacados del relato evangélico como es el caso de los arriba mencionados, cumplen roles totalmente diferentes a los que desempeñan en aquél. No obstante, los guiños al original son constantes. Así, sobre María recae la velada sospecha de que le fue infiel a José años atrás, siendo Jesús el fruto de aquel desliz; Jesús, cuyo papel, aparte del de hijo del acusado, podría ser el de su eficaz ayudante –como el Watson de Sherlock Holmes o el Pedrín de Roberto Alcázar-, maldice alguna que otra higuera, y sus comentarios recuerdan con frecuencia a los que podemos encontrar en los Evangelios.

Se podría decir, pues, que Eduardo Mendoza deforma lo deformado, pues los Evangelios se escribieron, como muy pronto, unos 40 años después de muerto su protagonista, con lo que sus dichos y hechos son, en muchos casos, añadidos de sus autores de los que, por cierto, no se tiene ni idea de quienes fueron, muy a pesar de que se titulen con el nombre de los que la tradición cristiana considera sus autores.

Una vez hecho este pequeño inciso agnóstico-escéptico, decir que el punto fuerte de esta obra no lo hallaremos en la historia en sí -absurda como pocas-, ni en su desenlace -peregrino a más no poder. La auténtica virtud de este librito –no llega a las 200 páginas-, está, una vez más, en la deslumbrante retórica que el autor emplea y que, haciendo una perfecta simbiosis con su habitual tono humorístico, ofrece un buen rato de diversión, aunque no de carcajeo. Para esto último, recomiendo encarecidamente El misterio de la cripta embrujada. Risas aseguradas.

El asombroso viaje de Pomponio Flato supone mi tercer acercamiento (¡¿solo?!) a la obra de Eduardo Mendoza. Anteriormente, y por este orden, había asaltado las páginas de Sin noticias de Gürb (simpático) y la ya mencionada El misterio de la cripta embrujada (desternillante, hilarante, genial...). Atendiendo a una clasificación que estableciera mis preferencias entre estas tres obras, la que nos ocupa quedaría perfectamente encajada justo en medio de las dos citadas.

12 de abril de 2009

Un libro: Crimen y Castigo - F. Dostoiesvky

7/10
Uf!! Difícil se me antoja hacer una crítica coherente de esta obra, después de observar la abrumadora mayoría de opiniones favorables que provoca. Acabo de terminarlo, así que mis sensaciones sobre su lectura están fresquitas. Ahí voy.

Tenía mucho interés en leer Crimen y Castigo por varias razones, entre las que se encuentran el hecho de que mi idolatrado Woody Allen lo menciona como referencia en alguna de sus películas. También me atrajo la fama de eficacia en cuanto a los retratos psicológicos que esta obra abarca, en especial el de su protagonista, y también la morbosa nostalgia que me producía recordar la emisión que Estudio 1 de TVE hizo de una adaptación de esta novela. Todavía recuerdo la imagen del asesinato de la vieja, o más bien su sugerencia: un terrorífico reguero de sangre cayendo a lo largo de un brazo inerme.

Lo que me encuentro es una obra que empieza muy bien en cuanto al interés de lo que relata; que está impecablemente descrita, utilizando para ello una retórica notable y que, efectivamente, tiene en la psicología de sus personajes su punto fuerte. La contundencia con la que se describe la psique del protagonista es de una brutalidad apabullante. La fuerza con la que se narran sus estados febriles me ha llegado a provocar destemplanza. Pero...

...todo lo anterior queda en buena medida varado por el lastre que supone el empleo de quinientas y pico de páginas, en una historia que bien pudiera desarrollarse en algo más de la mitad. Los diálogos muchas veces son larguísimos y desprovistos de interés El afán de clavar la psique de los personajes hace que el autor lleve a cabo insistentes descripciones de sus gestos y posturas. Me he autosorprendido pasando de corrido por muchas de ellas, leyéndolas sólo por encima. El uso de nombres diferentes para el mismo personaje te lleva a liarte en no pocos momentos.

En resumen, Crimen y Castigo es una novela escrita con mucha sabiduría. Se trata de una pluma excelsa que no ha sabido dimensionar temporalmente la historia, provocándome unas ganas tremendas de terminarla cuanto antes.