16 de enero de 2012

Arch Enemy - Khaos Legions (2011)

09 / 10

La verdad es que mis contactos con los trabajos de estos iracundos suecos habían sido escasitos. Un par de discos y varios temas sueltos oídos no son gran cosa para llegar a formarse una opinión con suficiente base sobre la trayectoria de un grupo, y más teniendo en cuenta que su discografía se acerca ya a la decena de discos de estudio. Sirvieron, eso sí, para entrever que se trataba de una magnífica banda, con capacidad para hacer grandes cosas. Y mira tú por donde llegó 2011 y tal presunción se confirmó con la publicación de esta auténtica bomba que es Khaos Legions.

Echando una búsqueda en Spotify, encontramos que solo está disponible su primer redondo, Black Earth, del lejano 1996 –con magnífica portada, por cierto-. Una primera escucha desvela que la banda inició su andadura inmersa en los sonidos más puramente Death, es decir, ferocidad y agresión sin límites ni miramientos, mientras que en este Khaos Legions la cosa se atempera en parte y se ve que han aprendido a levantar con maestría el pie del acelerador. Es decir, que siguen la tralla y el poderío pero introduciendo en casi todos los temas partes melódicas que les han quedado de escándalo. Cambios de ritmo continuos para componer un trabajo donde es imposible aburrirse. Buenos ejemplos de esto son Yesterday is dead and gone –que abre el disco tras una caótica intro-, Vengeance is mine –increíble cómo suenan esas guitarras- o la magnífica Secrets que pone punto final a este magnífico album. También suenan asesinas Cult of chaos, Torns in my flesh –con bellísimos toques de guitarra intercalados- y el tema con vocación de single No gods, no masters, uno de mis favoritos.


Y, sí, esa voz de corte satánico que parece imitar el sonido de una hormigonera gripada pertenece a una fémina. La cantante de Arch Enemy es una mushasha (Angela Gossow, bastante mona por cierto), y su forma de cantar encaja en el sonido de la banda como cuchillo en mantequilla. Y ya que estamos, que sea ella la que despida esta crítica express de forma amable y complaciente, como está mandao. También va el vídeo del tema Bloodstained cross.

Discazo!!!









8 de diciembre de 2011

Cien Años de Soledad (1967) - Gabriel García Márquez

8,5 / 10

Me gusta conocer las opiniones que la gente cuelga en Internet sobre los libros que leo. Para compararlas con la mía, más que nada, y comprobar si disiento poco o mucho de la impresión general. Hay muchos sitios en Internet donde se da esa facilidad. Mi favorito es Anika entre libros, completísima web sobre literatura, donde existen miles de comentarios del público sobre obras y autores. En ella, la relación de críticas acerca del título que hoy nos ocupa es interminable, y de entre todas ellas saco, a modo de escueto resumen, la expresión “de obligada lectura”, habiendo incluso mucha gente que dice haberla vuelto a leer varias veces. Cien años de soledad está considerada, por quienes entienden de esto, como una obra maestra y una de las cumbres de la literatura en lengua hispana, así que a ver qué iba a hacer yo, que ya me había echado a la vista El amor en los tiempos del cólera y Crónica de una muerte anunciada –ambas magníficas-, sino pillarla a la primera oportunidad y cumplir con tan insistente y autoimpuesta obligación.


Y en la biblioteca local la encontré, más voluminosa de lo que me imaginaba en un principio. Claro, que se trataba de una edición especial publicada en 2007 que habían llevado a cabo las diferentes academias de Lengua española que en el mundo existen, para conmemorar el 40 aniversario de su publicación. Contenía, amén de la obra en sí, varios artículos de conocidos escritores de lengua hispana, a los que apenas eché un vistazo, por cierto, ya que me parecieron a priori bastante plomizos.


¿Qué puedo decir de Cien años de soledad? Pues sobre todo, y como ya me ocurrió con las dos obras antes citadas, que la forma de escribir de García Márquez te hipnotiza desde las primeras líneas –bueno, en realidad me costó algo más engancharme a El amor en los tiempos del cólera, que al final me pareció sublime-. El ritmo pausado de la narración, que sin embargo abarca un largo periodo de tiempo –como sagazmente logra uno deducir del título-, te va envolviendo hasta situarte en una especie de posición central desde la que abarcas un trasiego constante de personajes y acontecimientos a través de generaciones, en un caleidoscópico viaje donde todos y ninguno de los personajes son el principal protagonista. La misma posición desde la que accedes al mundo casi onírico en la que la historia con mucha frecuencia se adentra: ascensos a los cielos, espíritus, chorros de sangre que recorren grandes distancias hasta llegar a su destino, premoniciones, corazonadas, levitaciones…todo un ramillete de hechos extraordinarios narrados con un estilo realmente embriagante. Realismo mágico lo llaman.


En cuanto al argumento en sí, me sucede que encuentro algo baladí adentrarme a resumir una historia que todo buen aficionado a la lectura sin duda conocerá. No sé, sería casi como ponerse a contar El Quijote –otra de mis lecturas siempre pendientes-. Además, unos pocos golpes de teclado en Google bastan para acceder a un mogollón inmenso de referencias al argumento –la Wikipedia, sin ir más lejos-. Dicho esto ¿Para qué me voy a poner a escribir sobre la historia de la familia Buendía; de su establecimiento en la jungla colombiana y de la fundación de Macondo, el pueblo donde durante seis generaciones suceden la práctica totalidad de acontecimientos? ¿Qué decir sobre José Arcadio y Úrsula en su papel de contemporáneos Adán y Eva, o de los casi sesenta personajes que, con mayor o menor peso, circulan por la historia?


Mi sensación final es de haber leído, efectivamente, una gran novela. La he disfrutado mucho y, como decía más arriba, he caído de nuevo en los encantos de García Márquez como escritor. Pero es una historia muy larga y los personajes son tan numerosos que ha habido veces que me he perdido un poco en su identificación, sobre todo debido a la repetición de nombres durante las sucesivas generaciones. A ratos he notado caídas en la intensidad del relato, lo que ha provocado que en ocasiones me encontrara “fuera” de la historia.

Muy buena, sí. ¿Para repetir lectura en un futuro? Pues va a ser que no.

29 de octubre de 2011

LA RATA

El roedor estaba llegando ya al final de su ingrata tarea. Sus largos dientes desgastaban sin descanso el material pedregoso que tenía ante sí. Cuentan que un capricho evolutivo le jugó una mala pasada a su especie, sometida a un curioso y cruel destino que la condena a roer sin descanso todo lo que encuentran. Dicen que el ritmo de crecimiento de sus dientes es tal que, de no ser por esa incesante labor, los incisivos inferiores acabarían clavándose en su cerebro.

Ajena a todas las siniestras historias que su especie protagoniza, el peludo bicho apuraba sus escasas energías. El motivo de tanto trabajo no era, ni mucho menos, gratuito. Su frenética actividad sexual había dado como fruto, una vez más, una nutrida camada de minúsculos y sonrosados descendientes. Los había dejado atrás, en la seguridad de un recodo del túnel al que había estado dando forma durante los últimos días, amontonados en una trémula y palpitante masa, demandando constantemente una cantidad de leche materna que ella, con los niveles del blanco elemento bajo mínimos, apenas estaba en condiciones de ofrecer. Necesitaba comer, y mucho, para poder satisfacer las necesidades de su exigente prole. Pero el botín alimenticio de los últimos días había sido tan pobre...

Su experiencia le decía que ya quedaba poco para concluir la faena. Había superado la piedra original y estaba a punto de terminar de horadar el ladrillo. En poco tiempo llegaría a la fina capa de yeso, tras la que esperaba encontrar todo un oasis: desperdicios, restos de comida, el cadáver de algún infortunado animalejo…Sustento garantizado para llenar su estómago y atiborrar de jugosa leche sus exprimidas mamas.

Excitada por el hambre y el miedo, debilitada por las penurias, a la rata apenas le llevó un instante deshacer el polvoriento material que la separaba del paraíso. Con el máximo sigilo, asomó su resecado hocico al exterior. Poca información obtuvo de ese primer contacto con lo desconocido, y no era precisamente alentadora: allí no olía a comida ni de lejos. No había de qué preocuparse, todavía. Esos enormes seres que, sin quererlo, le procuraban todo el sustento mientras andaban de un lado para otro con sus dos largas y únicas patas acostumbraban a guardar la comida lejos del alcance de los intrusos. Solo era cuestión de ir con cuidado, estudiar el terreno…y esperar.

Poco a poco, su cabeza fue asomando al nuevo ambiente con la cautela de un guerrillero experto. Sus ojos, acostumbrados a la permanente oscuridad subterránea, parpadearon varias veces antes de poder ver a dónde había ido a parar. Había tenido suerte: la apertura a ras de tierra en forma de U invertida estaba situada bajo lo que parecía ser un desvencijado mueble. Sus primeros pasos por su particular Nuevo Mundo pasarían, pues, totalmente desapercibidos.

Llegaba el turno entonces de aplicar los instintivos protocolos que, alojados en su ADN., sus ancestros le habían legado durante generaciones. Su corazón latía frenético mientras salía totalmente de la recién concluida madriguera, adosaba un lateral de su cuerpo a la pared y comenzaba a avanzar por el extrarradio del todavía indómito territorio, en una maniobra destinada a ofrecer la menor superficie corporal posible a algún potencial depredador que, lo sabía bien, podía ser la práctica totalidad de especies mayores a la suya. Rastrearía el terreno de esta forma, buscando siempre la seguridad de los muebles. Una vez localizada cualquier sustancia que pudiera servir de alimento, comería rápidamente un poco para recuperar fuerzas. Acto seguido la trasladaría a la madriguera, arrastrando la pieza entera o tomando trozos que pudieran ser transportados en su boca en varios viajes.

Le llevó poco tiempo recorrer el perímetro, constatando con desesperación que, salvo muchísima suciedad acumulada, allí no había nada a lo que hincarle el diente. Era hora de arriesgar el pellejo, salir de bajo los muebles y buscar la comida por el centro de la habitación, lo que suponía exponer todo su organismo a un peligro cierto. No le quedaba otra

El resto de la estancia, fuera ya de la seguridad de los muebles, era también un caos de restos inorgánicos nada aprovechables. La locura que produce el hambre comenzaba a apoderarse de ella. Una vez en el centro del mísero habitáculo, irguió su cuerpo sobre sus dos patas traseras y elevó su hocico hasta donde fue capaz, en un intento de optimizar al máximo toda su capacidad olfativa. De entre la amalgama de malolientes fragancias que captó, identificó al instante una que hizo saltar en su cerebro una súbita señal de alarma.

Demasiado tarde.

Aunque no lo vio llegar, la rata esquivó en el último instante la patada que, a la carrera, le lanzó aquel enorme bípedo que se le echaba encima. Su agotado cuerpo inició una desesperada carrera hacia la seguridad de la madriguera. Desafortunadamente, tampoco era ya el ágil roedor de antaño. Con una velocidad endiablada, su enemigo tuvo tiempo suficiente de meter su brazo bajo el mueble y atrapar a tientas el largo rabo de la rata entre sus mugrientos dedos.

Desesperada y con la furia de quien ve cercana la muerte, la rata se revolvió y clavó sus afilados incisivos en la mano de su agresor. En un instante, la garra que la apresaba sufrió una decena de compulsivos y lacerantes mordiscos, que no parecieron hacer mella en su receptor quien, emitiendo unos apagados lamentos, extrajo a su víctima de debajo del mueble y elevó hacia el techo la mano donde la rata luchaba por su vida. Fue entonces, en el instante previo de ser lanzada hacia el suelo, cuando vislumbró la faz del que iba a ser su asesino. Aquellos ojos, profundamente hundidos en sus cuencas y circunscritos en un casi cadavérico rostro, mostraban la marca de la desesperación y la angustia que provocan la desnutrición y la necesidad extrema.

El brutal golpe contra el pavimento convirtió en fosfatina la práctica totalidad de los finos huesos del animal. Al mismo tiempo, su sistema nervioso se sacudió con una violencia infinita, estallando en un latigazo de dolor que recorrió su cuerpo hasta la última neurona. Un trozo de vida escapó de su ser en forma de un agudo y chirriante chillido.

Con su corazón todavía palpitando y los sentidos colapsados, la rata no sintió aquella especie de fina estaca con la que el hombre, con manos temblorosas ante la cercanía del festín, atravesaba longitudinalmente el interior de su cuerpo. Tampoco oyó el crepitar del pelo que la cubría ni notó su piel chamuscarse al entrar en contacto con el fuego.

Ya estaba siendo devorada cuando, a pocos metros de allí, en un recodo de un túnel laboriosamente excavado, una trémula y palpitante masa sonrosada sufría los últimos instantes de su insignificante vida.

FIN

DESPERTARES

1

“…no se ponen de acuerdo sobre el origen de esta devastadora crisis, culpando de la misma al mercado de valores, al consumismo exacerbado, a la política económica de los gobiernos o, simplemente, al chachachá. Mientras, las aplastantes cifras de desempleo provocan que miles de familias se hundan sin remedio en la miseria más absoluta y bla, bla, bla…”

La deshumanizada voz del locutor radiofónico, procedente del flamante radio-despertador último modelo, le sacó del reparador sueño. Con desdén, el hombre cayó en la cuenta de que había olvidado poner la alarma del aparato en off la noche antes. Su intención de levantarse tarde esa mañana se había ido al garete. No le importó. Podría aprovechar mejor el día libre que se había tomado si se levantaba temprano.

Al abrir los ojos, en seguida se reconcilió con su habitual buen estado de ánimo. El sol de aquella maravillosa mañana de verano se filtraba a través de unos visillos celestes que cubrían tenuemente la puerta de PVC blanco y doble acristalamiento que daba a la coqueta terraza exterior, dotando al dormitorio de una relajante atmósfera que le hizo sentir, una vez más, en el paraíso. “¿Crisis qué crisis?”, fueron las palabras que salieron por su reseca garganta mientras desperezaba su cuerpo con un intenso estiramiento corporal que hizo crujir ligeramente sus articulaciones. Un ágil salto le sacó del confortable colchón de látex que perfeccionaba el sofisticado diseño de su moderna cama. Tras una breve visita a un monísimo cuarto de aseo anexo al dormitorio, se atavió unas deportivas mallas negras y camiseta roja sin mangas, talla 38, que dejaban ver sus musculosos y definidos brazos. “Horita y media de gimnasio; un buen desayuno; paseíto con la familia con cervecita incluida; pedazo de almuerzo en el mejor restaurante del centro comercial; siesta y agradable velada vespertina en el club social. Recogida y cierre” repasaba el orden del día mientras se calzaba unas caras zapatillas de running.

Desbordante de optimismo recorrió el pasillo que llegaba a la cocina, avanzando indiferente ante los cuadros con motivos abstractos que su decorador había allí colocado. Nunca se había parado a contemplarlos con detenimiento, al menos no más allá de lo necesario para comprobar lo bien que combinaban con el estuco de la pared. Al abrir la puerta que daba acceso a la cocina, encontró más motivos de satisfacción. Una tonificante claridad natural inundaba la estancia a través del gran ventanal desde el que se divisaba el amplio jardín y, más allá, el campo de golf del que era socio. Con todo, el verdadero regalo para sus ojos era la presencia allí de su joven esposa. Dándole la espalda, ella cortaba con sinuosa suavidad finas lonchas de un jamón de pata negra que se exhibía lustroso en una tabla. La bella mujer estaba lista para su partido de paddle. Una ajustada camiseta marcaba su grácil espalda y sus sinuosas caderas; la falda, estudiadamente corta, dejaba ver las prietas carnes de sus muslos. Definitivamente, pensó él con deleite, los embarazos no habían dejado huella alguna en su privilegiado cuerpo.

Como reaccionando a una señal telepática la mujer giró su cabeza y, encontrando sus ojos, le regaló una relampagueante sonrisa. El hombre se acercó despacio, casi de puntillas, hasta hacer contactar su endurecida pelvis con las nalgas de la mujer. Sus labios rozaron suavemente la oreja derecha de la joven. Ella, dejando el cuchillo, cerró los ojos y echó su cabeza con suavidad hacia atrás.

- ¿Y los niños? – preguntó él con un susurro.
- Lo suficientemente dormidos – contestó ella, de la misma forma.

Apenas cinco minutos después, la joven pareja se recomponía las ropas mientras intercambiaban sonrisas picaronas. Le encantaban aquellos polvetes mañaneros. Tenían ese puntito trasgresor y de aquí te pillo aquí te mato del que carecían los contactos nocturnos. Un surtido de besos y achuchones le acompañaron hasta la puerta, desde donde el hombre saltó al interior de su reluciente descapotable. El vigoroso rugido del motor añadió más vitalidad a su ya exuberante ánimo. Dejando atrás la casa, se incorporó a la autovía como una exhalación.

“¿Se puede ser más feliz?” se dijo a sí mismo mientras, aspirando profundamente el aire aún fresco de la mañana, atravesaba uno de los viaductos por los que discurría el intenso tráfico de esas horas. Enumeró, como tantas otras veces, las preciadas joyas de la corona que componían su confortable existencia: tenía un trabajo liviano por el que recibía un elevadísimo salario; vivía en un precioso chalet de arquitectura vanguardista y con todas las comodidades imaginables; unos hijos que crecían sanos y felices y una maravillosa mujer que cubría todas sus necesidades. Entusiasmado ante lo excelso de su vida, hizo sonar rítmicamente el claxon del deportivo. Al cabo de unos segundos de desaforado concierto, constató sorprendido como algunos de los coches que circulaban sobre el viaducto le acompañaban en su improvisada interpretación. Muy pronto, todos los conductores que le rodeaban se habían sumado a la experiencia sonora. Una sensación de completo éxtasis le embargó al comprobar como la maraña de metálicos sonidos daban forma a una grandiosa sinfonía que, dirigida por un majestuoso ángel de blancas alas, proyectaba toda su magnanimidad hacia el radiante cielo de la mañana.

Maravillado, apenas pudo apreciar la ligerísima sensación de amargura que comenzó a formarse en su boca. De repente, todo empezó a desvanecerse a su alrededor.

2

El incesante bramar de los cláxones de cientos de coches le sacó bruscamente de su etílico amodorramiento. Otra vez había retención sobre el viaducto bajo el que vivía. Lo primero que vislumbraron sus entreabiertos ojos fue el inmenso cerco de sudor que su cabeza había trasvasado a la deforme almohada. Una suerte de insalubre efecto invernadero, producido por los materiales con los que había apañado su destartalada chabola, provocaba en su interior un asfixiante y enfermizo calor.

Levantándose muy despacio, el hombre quedó sentado al borde del trozo de sucia espuma que le servía de colchón. Tras hurgarse la nariz y, con el mismo dedo, extirpar las legañas que poblaban las esquinas de sus ojos, levantó la cabeza y se encontró de frente con la inquisidora mirada de su mujer. Sin levantarse y observándola de arriba abajo con parsimonia, él dejó caer una larguísima meada en una escupidera que amenazaba con desbordarse. Aunque bastante delgada, el cuerpo de su esposa no tenía nada de atractivo. Los embarazos habían convertido su abdomen en una informe masa desprendida, imposible de camuflar con las desgastadas ropas que, de vez en cuando, miembros de alguna ONG. les arrojaban desde lo alto del viaducto. Tenía sus famélicas piernas salpicadas de azuladas varices, apenas disimuladas por el oscuro vello que las cubrían. La mujer fregaba los pocos platos y vasos de los que disponían en una especie de palangana, de la que sobresalía una densa espuma amarillenta que descansaba sobre un agua sucia que servía tanto de fregado como de aclarado.

El hombre se levantó con desgana y recorrió los apenas dos metros que le separaban de la mil veces reparada mesa sobre la que la familia se daba el lujo de comer algo cada vez que podía. Una vez sentado sobre un taburete de patas oxidadas, la mujer le puso por delante una taza de leche a la que le faltaba el asa. No se iba a quemar: el hornillo con el que cocinaban llevaba tres días sin gas. Llevándose la taza a los labios, bebió parte de la leche con ruidosos sorbos. Estaba agria. “Normá, con estas calore”, pensó. “Qué farta nos haría una neverita”, continuó pensando.

Su mujer se volvió entonces como un resorte, encarándolo desafiante y con expresión amargada. “Cagonlaputa, ya va a empesá esta con las bronca”, profetizó él. Resoplando con furia, la poco agraciada hembra cumplió el vaticinio, levantando la voz sobre un llanto largamente contenido:

- ¡¡Oye, tú!! ¿Anoshe qué?- bramó.
- ¿Qué de qué?- preguntó él sin mirarla y limpiándose con el dorso de la mano los blancos chorreones que le caían por la barbilla.
- ¿¿Que qué de qué?? ¿¿Que qué de qué me va desí?? ¡¡Que te estoy preguntado por lo de anoshe, cabronaso!!- Precisó ella sin darle tregua.
- Venga ya mujeeé. Ya verá como no pasa naaá- Contesto él, arrastrando las palabras con indiferencia.
- ¡¡Que no pasa ná!! Claro. ¡¡Que no pasa ná!! ¡¡Qué jartita me tiene, hijo, pero que jartitaaa!! ¡¡Siempre pasa lo mismo, tú diciendo “no pasa ná” y yo venga a parí niño!!- Exclamó ella, estallando en sollozos.

El hombre apuró la taza. Los últimos sorbos de leche se confundieron con los de la mujer al intentar devolver a su origen las dos velas de mocos que, viscosas, empezaban a introducirse en su boca. Él, levantándose, se le acercó y, alzando la mano con el puño cerrado, hizo un violento ademán de golpearla. La mujer, encorvándose y cubriéndose la cabeza con sus manos, suplicó de forma lastimera:

- ¡No me pegue! ¡¡No me pegue, por favó!!
- Hija la gran puta…¡¡Ya te quiero vé callá!!- amenazó él con salvaje vehemencia.

Una vez sofocada la incipiente rebelión doméstica, más calmado, introdujo una mano en el bolsillo de las desgastadas bermudas que siempre llevaba puestas y sacó un puñado de colillas. Escogiendo la más larga, la encendió y se dispuso a salir de la chabola.

- ¿Y los niño? – preguntó antes de salir.
- ¿Los niño? Estudiando en la Complutense ¡No te jode!- ironizó ella, jugándose el tipo. - ¿Dónde van a está? ¡Por ahí, casando rata y cucarasha!

Él sonrió levemente ante la ocurrencia de su mujer y salió al exterior. Caminando lentamente, recorrió varios metros entre escombros y desperdicios hasta llegar al inmenso pilar del viaducto, donde apoyó su espalda con pereza. Analizando con la vista el entorno, divisó el vertedero al que acudía a diario a buscar algo con lo que seguir malviviendo. Más cerca, vio un grupo de niños que, oscurecidos por la mugre, jugueteaban divertidos saltando descalzos sobre una maloliente y ennegrecida charca. Había veces que olvidaba el número de hijos que tenía. Demasiados, en todo caso. “A vé si va a tené rasón la puta esta”, murmuró para sus adentros.

Sus ojos se posaron sobre su hija mayor, ya casi una adolescente. Se extrañó, una vez más, de haber engendrado una niña tan hermosa. Relamiéndose, se recreó en las redondeadas formas de la niña, en particular en los asientos adiposos que asomaban por encima de su apretado pantalón y por debajo de una estrecha camiseta. Unos oscilantes senos juveniles se marcaban con claridad a través de la humedecida prenda. “Con lo mala que está la cossa, y las carne que tiene la joía”, pensó, mientras una depravada quemazón crecía en su interior.

Arrojando la colilla y humedeciendo de nuevo sus labios, el hombre reanudó su caminar, esta vez en dirección a la niña, con una febril mirada siempre clavada en ella.

Sí. Le encantaban esos polvetes mañaneros.


FIN

23 de octubre de 2011

Un libro: Cádiz (Los Episodios Nacionales) - Benito Pérez Galdós (1873)

8 / 10

Sucedía que, estando en posesión de la obra que hoy nos ocupa desde hacía lustros, este humilde bloguero habíase retrasado, y tanto, en su lectura debido a motivos que, por numerosos, sería tedioso relacionar aquí, siendo la disponibilidad de otras lecturas a priori más interesantes el principal de ellos.

No obstante, singulares circunstancias hicieron que al fin, el pequeño volumen de sugerente título tuviera su merecida oportunidad, sirviendo así como primer acercamiento a Los Episodios Nacionales. Es esta una serie de cuarenta y seis novelas históricas que tan erudito autor escribió en un periodo de cuarenta años. Calcúlese de forma sencilla que resultan 1,15 novelas por año, dato que resulta doblemente abrumador si se tiene en cuenta que otras muchas obras fueron escritas por el autor en el mencionado periodo, la inmortal Fortunata y Jacinta entre ellas.

Dejando a un lado el pasmo producido por tal nivel de creatividad, iniciaré una breve sinopsis. El argumento de esta novela es escueto: Gabriel de Araceli, narrador-protagonista de la primera serie de novelas de Los Episodios, es un militar destinado a la Isla de León –actual San Fernando- quien coincide con Lord Gray, apuesto caballero oriundo de Inglaterra, a la sazón aliada de España, durante el sitio francés de Cádiz, allá por 1810. Ambos personajes entablan una extraña amistad no exenta de soterrada animadversión, y frecuentan la casa de doña María de Rumblar, señorona de alta cuna que mantiene en régimen de enclaustramiento inquisitorial a sus dos hijas y a su sobrina, con el fin de preservarlas del maligno ambiente liberal circundante. Los amores, ciertos o sospechados, entre unos y otras son el eje central de la novela. Mientras los acontecimientos se suceden, son narradas las tertulias celebradas en la ciudad, en las que se exponen tanto ideas liberales como conservadoras. También está muy presente el ambiente que se vivía en las calles por las Cortes de Cádiz –constituidas en San Fernando y luego trasladadas allí-, que promulgaron la primera Constitución española, la Pepa, por haber sido aprobada el día de San José y… bueno, esta parte me suena a archisabida, así que paro el carro.

A pesar de que el argumento pueda resultar algo insustancial y un poco ñoño –nada duro o desagradable se cuenta, ciertamente-, y alguno de sus diálogos un pelín plomizo, a mí Cádiz me ha gustado en todos sus aspectos: Su prosa elegante y eficaz, su desbordante romanticismo y lo histórico del contexto donde se desarrolla la historia, que toma mayor valor siendo uno como es gaditano de pura cepa. Y hablando de gaditanismo, no puedo dejar de hacer mención –un tanto emocionada, debo reconocer- del fino piropo a Cádiz contenido en sus primeras líneas. Habla Gabriel de Araceli:

“En una mañana del mes de Febrero de 1810 tuve que salir de la Isla, donde estaba de guarnición, para ir a Cádiz, obedeciendo a un aviso tan discreto como breve que cierta dama tuvo la bondad de enviarme. El día era hermoso, claro y alegre cual de Andalucía, y recorrí con otros compañeros, que hacia el mismo punto si no con igual objeto caminaban, el largo istmo que sirve para que el continente no tenga la desdicha de estar separado de Cádiz”

Digno de un coro de carnaval, si señor. Y una curiosidad, para terminar: La referencia a una devastadora tormenta que, al parecer, golpeó la bahía de Cádiz por aquellos días:

“Lord Gray y yo atravesamos la Cortadura precisamente el día del furioso temporal que por muchos años dejó memoria en los gaditanos de aquel tiempo. Las olas de fuera, agitadas por el Levante, saltaban por encima del estrecho istmo para abrazarse con las olas de la bahía. Los bancos de arena eran arrastrados y deshechos, desfigurando la angosta playa; el horroroso viento se llevaba todo en sus alas veloces, y su ruido nos permitía formar idea de las mil trompetas del Juicio, tocadas por los ángeles de la justicia. Veinte buques mercantes y algunos navíos de guerra españoles e ingleses estrelláronse aquel día contra la costa de Poniente; y en el placer de Rota, la Puntilla y las rocas donde se cimenta el castillo de Santa Catalina aparecieron luego muchos cadáveres y los despojos de los cascos rotos y de las jarcias y árboles deshechos.”

Los de por aquí sabemos lo que supondría hoy día que, como escribió Galdós, las olas saltaran el referido istmo, por donde discurre la carretera que une Cádiz y San Fernando. Horrible. Para que luego nos quejemos del mal tiempo cuando caen cuatro gotas.

20 de octubre de 2011

Un disco: Origen - Fatum (2010)

8,5 / 10

Abandonamos las inhóspitas tierras danesas y nos adentramos ahora en la no menos indómita Sanlúcar de Barrameda. Allí, oculta tras las espesas brumas que forma el Guadalquivir al verter sus aguas al Atlántico (¿o será más bien el vapor de los cocederos de marisco que allá tanto abundan? Mierda!! ya se me escapó el topicazo), una majestuosa ave despliega sus negras alas y, con la altivez y el orgullo de haberse liberado de lastres y ataduras y haber superado mil obstáculos, pone rumbo a su Destino, que no es otro que su propio Origen.

Pero dejemos a un lado petulantes comentarios y vayamos con las presentaciones. Fatum (así se dice Destino en latín) son una banda oriunda de la mencionada –y hermosa- población gaditana. A base de mucho trabajo, ímprobos esfuerzos, e inasequibles al desaliento y a lo complicado del negocio musical, el grupo
–movimientos de componentes mediante- ha grabado hasta ahora tres álbumes: Fatum, de hace ya una década y que no he tenido el placer de escuchar; Roto (2006), interesante trabajo en el que dejaron ver las magníficas ideas que se manejan en el seno del grupo, y finalmente, este Origen (2010), que para mí que marca la dirección definitiva que el grupo va a tomar en adelante, y que personalmente encuentro acertadísima.

Porque Origen es un brillante disco de metal que rebosa actualidad por todos y cada uno de sus surcos (imaginemos por un momento que es un vinilo para que no se me arruine la frase, venga). Metal pesado y vibrante a la vez, con un estilo muy personal y difícil de encuadrar en las etiquetas al uso que todos conocemos. Esto me gustaría dejarlo claro: No exentos, como es lógico, de las inevitables influencias, la impronta marcada en cada uno de sus cortes propicia un sonido con el que me resulta complicado establecer comparaciones, ya sabéis, el típico “suenan mucho a…” que podríamos aplicar a tantas y tantas bandas. Este hecho, por mucho que las bandas con un marcado sello propio también sean legión, supone de por sí un mérito enorme.

Entrando a saco a destripar el disco, oímos de inicio un brevísimo sampler que evoca a las maquinitas mata-marcianos de antaño y que antecede fugazmente a Tres estrellas, tema que abre el disco y que inspira el primer vídeo promocional de Origen. Aquí tenemos un avance de lo que vamos a disfrutar en adelante: riffs poderosos y profundos que, percutiendo una y otra vez tus tímpanos, mantienen elevadas dosis de caña pero también de absoluto control de la situación. Con un adictivo estribillo de esperanzador mensaje, Tres estrellas posee, además, la vena comercial necesaria para llegar un poco más allá. No es esto de la comercialidad algo que esté presente en la mayoría del resto de temas, cosa de la que me alegro, y mucho. Ya sabemos que, al igual que el sueño de la razón produce monstruos, la desaforada búsqueda del éxito musical produce redondos y relucientes truños. Así, temas como Metamorfosis, Falso placebo, Siluetas en el suelo o Evolución artificial poseen la suficiente carga underground como para mantener al grupo fuera del siempre resbaladizo y comprometedor terreno del mainstream.

Y hablando de mantenerse fuera de las horterizadas listas de éxitos, el tema TV sería el máximo exponente: el control se torna de repente en tralla desenfrenada y convulsiva para entrar cortando cuellos contra toda esa televisiva basura del corazón que alimenta morbos y zombifica mentes. La música, la letra, el concepto y su grito de guerra (“son solo escoria y mierdaaaa!!!"), convierten a TV en el tema favorito de este humilde bloguero. Pero hay más. Podríamos considerar a Solo como la balada, el tema lento del disco. Así es, y muy bueno por cierto, con ese toque desesperanzado y pesimista de temas imprescindibles, como el Fade to black de Metallica, con el que le veo cierta semejanza. Títeres sería el otro tema “comercial” de Origen, con estribillo también pegadizo y difícil de olvidar. Su inicio de teclados pelín gótico, seguido de riff machacón me recuerdan mucho a los Cradle Of Filth más accesibles –ahí empiezan y acaban las semejanzas con los blackmetaleros británicos, que nadie se confunda-. Casi cerrando el disco, Derecho a olvidar es un magnífico tema con puntito progresivo y un comienzo que, sin saber muy bien por qué, me lleva a Dream Theater. Está claro que, como decía antes, las influencias son inevitables. Como último tema queda Legado final, para mí un poco por debajo del resto de composiciones.

Cierro esta crítica deseando a Fatum toda la suerte del mundo y trasladándoles mi reconocimiento ante el inmenso esfuerzo que realizan por mantener vivo su sueño. Por lo pronto, e independientemente de cifras de ventas o aceptación popular, han creado un magnífico disco con el que demuestran la madurez que han alcanzado. Habrá que seguirles la pista, puesto que están en plena pole position para el gran salto, que puede llegar en cualquier momento en forma de hit, abriendo conciertos para una gran banda o enganchando una buena serie de actuaciones que haga llegar su magnífico sonido si no a la gran masa, sí a la peña siempre presta a llevarse a los oídos un poco de buen metal. Y si hay que currárselo otros diez años, pues palante. No puede ser de otra forma si la lejana luz de Tres estrellas señala el camino a seguir.



http://www.fatum.info/





10 de octubre de 2011

Un disco: Beyond Hell / Above Heaven - Volbeat (2010)

10 / 10

No lo esperaba, de verdad que no. Sigo a estos daneses prácticamente desde su primer trabajo –The Strength/The Sound/The Songs, de 2006- y se les veía venir como un gran grupo, creadores de un original sonido (¡Elvis Metal!) donde se dan la mano varios estilos: Metal, rock’n’roll, pop, punk, country… rematado por la espectacular voz de Michael Polsen, quien, para hacernos una idea, sería algo así como si juntáramos en una Termomix a Elvis, Chriss Isaac y James Hetfield de Metallica. Toda una experiencia oírle cantar.

Pues eso, que a pesar de que veía en esta banda hechuras de triunfadores natos, para nada esperaba yo que se marcaran un bombazo de disco como este Beyond Hell/Above Heaven (de nuevo fragmentando el título del disco, en lo que parece ser marca de la casa). Todo lo más, imaginaba una nueva colección de poderosos temas, entre los que destacarían grandiosos ejercicios de metal-pop (si es que tal cosa existe) como Radio Girl, lastimeros himnos del estilo de The Garden’s Tale o simples trallazos un tanto atropellados a lo Rebel Monster. En su lugar, Volbeat han clavado un disco repleto de canciones absolutamente geniales y con una variedad de estilos que harán las delicias de aquellos con gustos musicales tirando a eclécticos. Eso sí, no nos engañemos, en un disco de Volbeat lo que predomina es un sonido metálico potente y machote, de chúpate ese riff seco y contudente.

Dentro de esa fundamental premisa, los temas de Beyond Hell... están veteados de estilos que incluyen el rock’n’roll clásico de 16 Dollars; el country de 7 Shots o de Being 1 o el pop de Heaven nor Hell o A New Day. Incluso hay una incursión en una suerte de death metal, con voz gutural y todo –Evelyn- y un guiño al heavy metal de corte más clásico en A Warrior’s Call, con homenaje a un famoso boxeador danés incluido. Muy atentos ellos, cierran a lo grande con un fino detalle de cara a la peña –Thanks-, un magnífico himno de corte punk en el que agradecen a sus fans todo el apoyo de estos años, en los que la banda ha crecido hasta situarse en la senda de convertirse en uno de los grandes de Europa, si no lo es ya.

Y ahí va algún vídeo de esta especie de Dinamita pa los pollos endurecidos. Para la ocasión, he elegido -a pesar de los típicos y fastidiosos cortes- el de Fallen, baladón tremendo y desgarrado, tributo del autor a su padre fallecido, y 16 Dollars, que viene como anillo al dedo para mostrar la faceta más rockabilly del grupo.




4 de octubre de 2011

Un disco: The End is not the End - House of Heroes (2007)

7 / 10

Este disco va a cumplir ya tres añitos, y me interesé por él después de ver el vídeo del tema In the Valley of The Dying Sun, con el que ahora iremos.


De Indie Rock va la cosa, diría yo, afinando un poco lo que dice la entrada del grupo en la Wiki –versión inglesa- que los considera una banda de Alternative Rock. También es válida tal etiqueta, por supuesto, dado lo indefinido de estilos que comprende. También hace referencia la Wiki a su faceta de Christian Rock, de la que el grupo parece que huye, aunque indican que, al tener una relación cercana a Jesús, ello se verá reflejado de alguna forma en su música. Pues vale.

The End is not the End es un buen disco, agradable de escuchar. Contiene la suficiente variedad en sus temas como para resultar algo más que entretenido. También es verdad que le sobra alguna canción, y que hay demasiada diferencia entre su mejor tema y todos los demás. De entre las mejores yo destacaría If, típica declaración de amor en la que se detallan todas las cosas que uno haría si tuviera a la chica soñada; By Your Side, tema acústico e intimista que encajaría a la perfección en el White Album de los Beatles; Drown y su pegadizo riff guitarrero… en fin, que la mayoría tienen su puntito y te dejan con buenas sensaciones.

Pero la verdadera joya de este álbum, y realmente el motivo por el que lo comento aquí, es el ya mencionado In the Valley of the Dying Sun. Un auténtico temazo, que revela a una banda con potencial para hacer grandes cosas. Es una canción bastante original, en la que he contado hasta diez secciones diferentes dentro de sus cuatro minutos y treinta y tres segundos, lo que es todo un alarde de creatividad. En este sentido, me recuerda mucho a temas como The March of the Black Queen, del muy lejano Queen II, o a la más cercana Paranoid Android de Radiohead.

Un buen disco, que resplandece a la luz del Sol Moribundo, al que merece la pena echarle un oído y del que pongo el vídeo para disfrute general. Obsérvese el parecido del que toca el contrabajo con Kaká el del Madrid. De cristianos va la cosa.


7 de septiembre de 2011

Un libro: Legionario. El manual del soldado romano - Philip Matyszak

09 / 10

El servicio militar del soldado romano duraba ¡25 años! Dicho esto, me pregunto qué hacía yo allá por el 83 lamentándome del secuestro al que me sometió el Estado en un servicio que duró nada menos que 13…meses. Tiempo en el que además, la tranquilidad fue la nota predominante y cuya actividad más belicista fue disparar alguna que otra vez con un viejo CETME a una diana, la mayoría de las veces sin alcanzar siquiera el soporte donde se situaba. Eso sí, no faltaba la ferocidad dibujada en mi rostro al imaginarme que el objetivo de mis tiros era el despiadado sargento chusquero que me puteaba cada vez que me asignaba una incómoda guardia.


Este cautivador librito te pone en situación. Imagínate que eres un joven que ostenta la ciudadanía romana allá por el año 100 DC., con Trajano dirigiendo los designios del Imperio. No estás cualificado para ninguna labor con la que ganarte la vida (te encuentras, como seguramente se diría en aquellos días, en el parum), o sí lo estás pero te gustan las emociones fuertes. La única salida que ves en tu horizonte próximo es alistarte al ejército. La inspiración no te ha venido por las buenas, ya que entre el populacho se cuentan historias de triunfos, conquistas y heroicidades. Además, hay por ahí eslóganes que te animan a dar el paso. Un ejemplo:

“conscribe te militem in legionibus, pervagare orben terrarum, inveni terras externas, cognosce miros peregrinos, eviscera eos”

(Enrólate en las legiones, viaja a lugares lejanos, conoce gente exótica e interesante y descuartízala)


Así que si, además del imprescindible origen romano eres soltero, mides alrededor de 1,70 m., y tienes buena vista –si llevas alguna carta de recomendación ya ni te cuento-, es muy probable que dentro de unos meses te encuentres formando parte de una formidable máquina de matar, destripando partos cerca del Eúfrates o decapitando dacios allá por los Cárpatos. Todo ello, claro está, si tras unos durísimos entrenamientos continúas con vida y con ganas de no desertar.

El Manual (no oficial) del Ejército Romano, desvela todos los pormenores de la vida de un legionario del Imperio, desde el momento del juramento (“Da un paso al frente, recluta, y declara por los dioses el juramento irrompible de que seguirás a tu comandante a donde quiera que te lleve, etc, etc, etc”.), hasta su licenciatura o muerte. Sin prácticamente dejarse atrás ningún detalle, el manual –cuyo texto se dirige al lector como si éste fuera realmente a enrolarse- refiere detalles sobre la rutina diaria en una legión: vestimenta, alimentación, higiene, correspondencia…

Pero el punto fuerte es, como no podía ser de otra forma, todo lo referente a la entrada en combate: Quiénes son tus enemigos más encarnizados y cuáles son sus puntos débiles; cómo funcionan los artefactos utilizados en el sitio de una ciudad (catapultas, torres de asedio, arietes…); cómo blandir la gladius (espada), el pilum (lanza) o el scutum (escudo), entre otros muchos utensilios; qué recompensas te esperan por tu valor y qué castigos por tu cobardía. Además lo hace con un gran sentido del humor, recurriendo a simpáticos comentarios, como el que sigue:

“Una de las ventajas de que Judea sea provincia romana es que podrás entender la mayor parte de los insultos proferidos contra ti, entre los que Romanii ite domun será probablemente uno de los más suaves.” (El insulto sería el equivalente al
famoso Yankees go home, que no todo el mundo domina el latín como el autor de este blog).

Recomendatum.

18 de noviembre de 2010

Un libro - Anatomía de un instante - Javier Cercas (2009)

9 / 10

Por supuesto, y muy lógicamente dada mi proverbial mala memoria, que no recuerdo ni por asomo qué estaba haciendo ni dónde me encontraba aquella tarde. Estaba a pocos días de llegar a la mayoría de edad, hacía tiempo que había dejado los estudios, trabajaba en un negocio familiar y llenaba mis tardes con siestas excesivamente largas, lo que me hace pensar que a la hora de los hechos estaría, probablemente, volviendo a la vida e intentando aclarar mi cabeza, momentos antes de reunirme con mi novia y/o amigos para compartir otra tarde de rutinario e improductivo entretenimiento, despreocupado del mundo y de los acontecimientos y ajeno al vertiginoso devenir político que atravesaba el país. Así era buena parte de la juventud que dominaba mi entorno en esos días. Y así era yo, por supuesto, aletargado todavía –y lo que me quedaba- por el influjo hippie que en todas partes era ya un cadáver pero que yo intentaba reproducir en mi muy convencional existencia –ya sabéis, el pelo largo hasta donde lo permitía la autoridad paternal, ropa que intentaba ser estrafalaria y discurso incoherente, repitiendo una y otra vez “passso de todo”, “parad el mundo que yo me bajo”, “haz el amor y no la guerra” y otras afamadas frases que incluso entonces ya olían a rancio-.

Es muy probable por tanto, que fuera mientras enjuagaba mis ojos cuando se produjo el que sin duda fue el acontecimiento más peliagudo de la entonces incipiente democracia española, colofón según muchos de la exitosa y aclamada Transición. Era lunes, 23 de febrero de 1981. A las dieciocho horas y veintitrés minutos, en plena sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del gobierno tras la dimisión de Adolfo Suárez, un grupo de guardias civiles encabezados por el teniente-coronel Antonio Tejero irrumpe en el hemiciclo al grito de “¡Quieto todo el mundo!”, seguido de un sinfín de disparos de pistola y subfusil que impactan en el techo de la estancia. Todos diputados se agazapan tras los escaños, a excepción de Santiago Carrillo, Adolfo Suárez y un alteradísimo general Manuel Gutiérrez Mellado, que sufre los intentos de Tejero por arrojarle al suelo, en una fallida demostración de autoridad castrense. Las cámaras lo captan todo mientras se mantienen operativas. Pocas ocasiones habrá de ver en directo aquello de lo que tanto se hablaba y por lo que tanto se temía –o no- en esos días: un golpe de estado, una asonada militar, el ruido de sables tomando cuerpo… Luego vendrían la oscura incertidumbre ante lo que podía ocurrir en el interior del Congreso y la inevitable sensación de que el país se encontraba de nuevo al borde del conflicto bélico. La indecisión de la mayoría de la capitanías generales en secundar el golpe y la diferente visión que tenían los principales ejecutores sobre su objetivo final, amén del oportuno posicionamiento del Rey y la lealtad de sus generales más próximos, deben contarse entre los factores principales de su fracaso.

Para los que tenemos cierta edad, el relato puede parecer un tanto pedante y repetitivo, de tantas veces que hemos visto las imágenes. Sí que es verdad que, una vez retomadas las riendas de las amenazadas libertades, recobrado el país el pulso democrático y pasado el tiempo suficiente, el episodio acabó adquiriendo tintes de antigualla televisiva. Imágenes de aspecto casi setentero, en las que aparecen señores de apretadas corbatas y acampanados pantalones, medias melenitas los más progres y venerables canas los más veteranos, con muchos de ellos fumando en su escaño; imágenes que forman parte por derecho propio de la intensa y ajetreada Historia de España, y que vuelven con toda su potencia descriptiva de tarde en tarde, con ocasión de redondos aniversarios –como probablemente comprobaremos en su muy cercano trigésimo- o con motivo de alguna publicación que traiga el tema a la actualidad, sobre todo si lo hace con la brillantez y la amenidad con la que Javier Cercas ha bordado este magnífico ensayo de criminológico título.

A pesar de la espesa caraja mental en la que entonces naufragaban mis pensamientos, tendría que haber sido un auténtico pazguato para no darme cuenta de lo que se estaba cociendo por aquellos días en España a todos los niveles, pero especialmente en el plano político. Hacía poco más de cinco años de la muerte del dictador que había manoseado el país durante décadas, con lo que los melancólicos del régimen todavía eran legión y ostentaban capacidad suficiente como para minar con saña todo camino hacia la democracia; ETA asesinaba a mansalva, con su sangriento punto de mira permanentemente puesto sobre sus dos objetivos principales: el ejército y la guardia civil, provocando la ira y la indignación de los cuarteles y de unos mandos ya de por sí muy predispuestos a desenvainar el sable e iniciar la nueva cruzada; El Rey era visto por los sectores más reaccionarios como un traidor a la figura del Caudillo; la situación económica española rozaba la catástrofe, con miles de pérdidas de puestos de trabajo; la confianza en las instituciones era nula… La figura del pronunciamiento militar cada vez se presentaba más nítida en aquel panorama caótico que sufría la sociedad española: en agosto de 1980 la portada del periódico ultraderechista Heraldo Español publicaba en portada la imagen de un furioso corcel alzándose sobre sus patas traseras, "¿Quién montará este caballo? Se busca un general", rezaba el gran titular. Se podía decir más alto, pero no más claro. Además, y volviendo a las imágenes del asalto, es curioso y significativo ver que, un instante antes de la entrada de Tejero, el inicial alboroto exterior haga que algunos diputados se levanten como resortes en un instintivo intento de huída, mientras algún otro dobla las rodillas buscando la seguridad de las traseras de los escaños. Había mucho miedo, sí.

Pero nada como la lectura de Anatomía de un instante para poner al lector en situación y llevarlo al punto exacto de la zozobra que vivió España entonces. Con suma habilidad, capacidad descriptiva y una brillante prosa, Javier Cercas revive aquellos momentos decisivos de nuestra historia. Con toda la objetividad y parcialidad de la que se puede hacer gala en un tema tan proclive al maniqueísmo, el autor estructura la narración tomando como bases a sus principales protagonistas y describiendo sus complejas personalidades y circunstancias: Adolfo Suárez –su entonces reciente pasado franquista, sus méritos como presidente en el cambio, su pertinaz resistencia a perder el poder…-. Santiago Carrillo –su renuncia al leninismo, su papel durante la Guerra Civil, Paracuellos…- Alfonso Armada y su ilusión por encabezar el gobierno tras un golpe blando…- Antonio Tejero, o el semblante del golpe duro (“yo no he asaltado el Congreso para esto”). Gutiérrez Mellado, el Rey, Milans del Bosch, el CESID
Personajes y circunstancias a través de los cuales Javier Cercas ha construido un brillantísimo ensayo sobre un periodo decisivo se nuestro devenir histórico.

http://www.rtve.es/rtve/20090123/23-f-hace-29-anos/223731.shtml

30 de octubre de 2010

Iron Maiden: The Final Frontier (2010)

7/10

Cuando el intrépido aviador, hábil esgrimista y erudito historiador Bruce Dickinson, acudió presto a la llamada del negocio discográfico para recuperar el puesto de frontman en Iron Maiden, todos los que tenemos el Run to the hills grabado a fuego en nuestra masa gris exhalamos un respiro de alivio y satisfacción. Habían sido cuatro años de ocupación de tan importante puesto -nada menos que el de cantante de la mejor banda de Metal de la historia- por el oscuro y discreto Blaze Bailey que, aunque bastante mejor cantante de lo que muchos quisieron ver, no encajaba en el sonido Maiden ni harto de peyote. Desafortunadamente, el bueno de Blaze destrozaba los sagrados himnos de la Doncella allá donde tocaban, y eso –amén del lucrativo reclamo que suponía la vuelta del vocalista con el que la banda se hizo leyenda- le condenó. Yo mismo fui testigo de su incapacidad para llegar a los registros de The evil that men do y otros temas en el velódromo de Dos Hermanas. Lo dicho, un buen cantante –y a sus discos en solitario me remito- pero totalmente inadecuado para el combo de Steve Harris, responsable al fin y al cabo del fallido fichaje.

La vuelta de Bruce al micrófono tuvo como consecuencia casi inmediata la publicación de Brave new world, un magnífico trabajo que devolvió a la banda a los niveles de calidad perdidos en sus tres discos anteriores –incluso Fear of the dark, todavía con Dickinson en sus filas, dejaba entrever esa pérdida de calidad, con canciones con una pinta de relleno que no veas-. Luego llegaron tres discos más, incluido el que nos ocupa, que se podrían comentar con parecidas reseñas.

The final frontier comienza con una extraña pista. Un “doble tema” consistente en una sucesión de repetitivos ritmos que cuando ya empiezan a cansar, y sin transición alguna, dan paso al tema que da título al disco y que sirvió de single promocional. Un buen inicio con adictivo y cañero riff y estribillo pegadizo, mejorado por El Dorado, segundo corte del disco. Se trata de un tema sencillo comparado con el resto de canciones, pero es el que ha provocado que me plantee el sentido de los últimos discos de la Doncella. El Dorado comienza con un poderoso riff de bajo-guitarra que se mantiene a lo largo del tema, invitándote con descaro a un salvaje headbanging . Una trepidante cabalgada que te traslada a tiempos mejores, cuando el leitmotiv de la banda era la contundencia, ahora tan añorada.

Después de El Dorado vuelven los Maiden de corte progresivo, con temas más elaborados y profundos, de larga extensión y no demasiada agresividad. Todo muy bien tocado y cantado, como corresponde a una gran y veterana banda, pero… ¿Dónde está la emoción? ¿A dónde han ido a parar los enormes riffs del pasado?¿Porqué mi corazón no late deprisa cuando oigo Isle of Avalon, como todavía lo hace con Revelations? El escalofrío que experimento con Wasted years ¿por qué no aparece al oir Mother of mercy? La respuesta creo que es obvia: a los últimos discos de Maiden les sobra calidad y buenas maneras, pero les falta capacidad para hacer sangre y llegarte al alma. Necesitan un poco más de ruido, de descontrol; que feroces y desgarradas melodías salgan disparadas de los trastes directamente a tu cuello; un par de temas de esos que te hacen levantar el puño en un concierto y, en una suerte de patético y lastimero alarido, sacar todo lo que llevas dentro. En este trabajo hay apenas retazos de todo eso, un tanto perdidos dentro de los buenos temas que contiene, porque si hay algo que no falta en The Final Frontier es calidad, faltaría más, aunque quizás les hubiera quedado algo mejor sin tanto minutaje, provocado por el “ansia progresiva” que parece dominar sus últimos trabajos. Con todo, hay que ser objetivos, y reconocer que el sonido a veces se parece demasiado a cosas ya oídas antes. Incluso, sin salir del disco, si prestamos atención a The talisman en el minuto 2:53, comprobaremos que la melodía es idéntica a Coming home en 1:07. ¿Falta de originalidad e ideas? ¿Repetición premeditada al modo de los grandes discos conceptuales del Rock progresivo? Pues no sé qué decir, la verdad. Obsérvese también el parecido de parte del riff de The alchemist con el de Resistiré de Baron Rojo…

Lo anteriormente escrito no es obstáculo para que, una vez más, exprese mi admiración por la lucha que estos insignes dinosaurios mantienen contra su extinción. A estas alturas no tienen que demostrar lo grandes que son, pues ya lo hicieron con The number of the beast, Piece of mind, Powerslave, Seventh son…y tantos otros discos que jalonan su impresionante carrera, y con los que muchos jovenzuelos nos dejamos abrir las venas por esa afilada onda metálica que, desde las Islas Británicas, arrasaba todo a su paso a principios de los 80. Vaya mi humilde saludo y mi sincero agradecimiento a estos ya casi viejos rockeros que se han ganado a pulso el explotar la marca que han creado. Buenos discos, grandes conciertos… ¿qué más se puede pedir?

Up The Irons!!!


31 de julio de 2010

Me alegro.

Que conste que no derramaba lágrimas de sufrimiento por tantos toros masacrados y que nunca participé activamente en campañas organizadas al respecto. Tampoco ahora estoy tocando las palmas con las orejas ni he salido a la calle portando ningún slogan reivindicativo. Pero qué queréis que os diga, a pesar de todo:

...De lo politizado que pueda estar el asunto –qué no lo está a estas alturas-.

...De la gente que irá al paro –o que simplemente tendrá que reciclar su actividad económica-.

...De la, según muchos, identidad nacional tan seriamente dañada –eso pasa cuando se habla en nombre de todo un país-.

...De esas dehesas que se perderán sin remedio –ya se perdían incluso con el toro de lidia en ellas. Además, las administraciones se podrían encargar de protegerlas, como hacen con los parques naturales-

...De la extinción de una especie –que fue creada expresamente para ser masacrada-

...De que digan que quien está a favor de la abolición también apoya el aborto, y otros sinsentidos –yo personalmente estoy a favor de que la mujer pueda decidir durante un (corto) tiempo si lo que tiene en su vientre va para adelante o no pero... ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?-.

A pesar de todo, decía, me alegro mucho de lo que ha pasado en Cataluña. De que la barbarie que supone encerrar a un animal en un recinto y hacerle perrerías hasta su muerte atroz haya dado sus primeros pasos hacia la erradicación. Me alegro.

Y mira que lo he intentado. He procurado verlo desde el otro punto de vista; intentar vislumbrar la idea de que tampoco es para tanto y que total, que por unos animales expresamente concebidos para la plaza, que viven como reyes y que al fin al cabo terminan en nuestros estómagos no había que ponerse así. Pero qué va. Siempre que me asomo a un reportaje sobre corridas de toros termina pasando lo mismo: veo crueldad y ensañamiento por todos lados. No veo arte, veo salvajismo. Veo... esto:





Me alegro.

(Las fotos son de http://www.boston.com/bigpicture/)

Un libro - La Ciudad de los Prodigios - Eduardo Mendoza (1986)

6,5 / 10

Con solo trece años, Onofre Bouvila recala en la ilusionada Barcelona donde se está fraguando la Exposición Universal de 1888. Llega huyendo del hambre y de unas expectativas familiares no satisfechas. Allí, a base de algo de astucia, pocos escrúpulos y mucha crueldad, logra no sólo salir adelante, sino convertirse en una de las personas más influyentes de Cataluña primero y España después, llegando a tener influencia internacional. Repartidor de octavillas anarquistas, vendedor de crecepelo, traficante de armas o simplemente ladrón, para este extraño personaje aquellos que se cruzan en su camino son sólo los peldaños de la escalera que le ayudará a subir a lo más alto. Un extraño y despiadado trepa dispuesto a todo con tal de conseguir sus fines. Mientras todo esto acontece, Barcelona, la otra protagonista de la novela, va definiendo su identidad para convertirse en la ciudad moderna y progresista que hoy conocemos.

Extraño personaje para una extraña historia, bastante diferente a la que esperaba en un principio. Hasta ahora, en todo lo que había leído de Eduardo Mendoza encontré dos características principales: un sentido del humor como pocas veces se da en novela y una excelsa retórica. Con ambas disfruté en extremo (ahí está El misterio de la cripta embrujada como mejor ejemplo). Pues bien, ni una cosa ni otra están presentes en La ciudad de los prodigios en la medida deseada. El humor aparece muy esporádicamente, mediante las clásicas situaciones absurdas que el autor sabe construir como nadie, y la retórica brillante también me pareció minimizada en exceso. Es una narración donde el interés se muestra de forma intermitente y discontinua, y con momentos en los que, en mi opinión, se alarga innecesariamente. Para menoscabo de la narrado sobre Onofre Bouvila y sus circunstancias, debo decir que los momentos más interesantes se corresponden con aquellos en los que los protagonistas son Barcelona y los acontecimientos históricos con ella relacionados, que encontré realmente interesantes y bien escritos.

Concluyendo, que esta reputada obra del gran Eduardo Mendoza me ha dejado un poco frío, sin duda debido a las grandes expectativas que había puesto en ella. Con todo, no deja de ser una historia bien escrita y a ratos amena, con ocasionales muestras de la maestría del autor. Los vaivenes de la historia me hacían pensar, mientras avanzaba en la narración, que Mendoza no tenía un guión fijo, sino que la improvisación ha tenido mucho que ver en el día a día de esta obra que no será, por supuesto, la última que me eche a la vista de este grandísimo escritor.

25 de julio de 2010

2 discos de Metal Extremo 2


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1.- God Dethroned - Passiondale (2009)

10 / 10

Por muchas películas de guerra que veamos y por muy realistas que éstas sean en cuanto a imágenes descarnadas, nunca podremos hacernos una idea de lo que una batalla, un choque entre dos ejércitos, implica. Y mucho menos si el acontecimiento alcanza los niveles de brutalidad registrados en las proximidades de la población belga de Passchendaele, donde entre julio y noviembre de 1917 ejércitos aliados y tropas del II Reich alemán tuvieron un cambio de impresiones algo elevado de tono. El resultado, aunque siempre hubo controversia al respecto, habla de hasta 900.000 muertos y lisiados, en un pantanoso entorno de frío, lluvia y barro. Un infierno inconcebible para nuestras acomodadas existencias, que lo más cerca que han estado de la guerra fue cuando jugábamos al “Hundir la flota”. Y que dure, que dure...

Tan negra jornada para la humanidad también merece, por supuesto, su correspondiente disco conceptual, que es precisamente lo que nos trae este furibundo combo holandés. Los ya veteranos God Dethroned practican ese visceral Death Metal tan en boga desde hace años que, en mi opinión, adolece de un gran defecto: es difícil dar con un disco realmente bueno en su totalidad. La mayoría de trabajos de este palo ofrecen un par o tres de buenos temas, oscilando el resto entre lo pasable y el simple y llano coñazo. Voces guturales y riffs brutales proclives al aburrimiento y al dolor de cabeza, resultado lógico de repetir una y otra vez la misma fórmula.

Pero hasta aquí llegó la cosa, y este Dios Destronado ha venido a hacer justicia y a detonar un artefacto repleto de metralla de la mejor calidad. Passiondale –adaptación británica de Passchendaele- es una apisonadora con la que sentirás tus huesos crujir bajo el peso aplastante del Death Metal más devastador pero a la vez más accesible que se haya compuesto nunca. A través de sus sublimes 38 minutos, God Dethroned te llevarán en volandas al mismo centro de la masacre, que empieza justo después de una muy apropiada y envolvente intro –The Cross of Sacrifice- y da paso a una sucesión de cañonazos asesinos que desparramarán tus sesos por las paredes más cercanas. Under a Darkening Sky, Poison Fog, Drowning in Mud, No Survivors, Behind Enemy Lines… los títulos lo dicen todo sobre unos temas que consienten con cuentagotas la presencia de algunas partes melódicas que contribuyen a acentuar el aspecto dramático de la historia.

Difícil me resulta decir nada más sobre este sensacional disco, que sólo entiende de ser introducido en tu reproductor y detonado cual mortífero obús alojado en su recámara. Para abrir boca y provocar la oportuna alteración cardíaca, aquí os dejo el vídeo de Poison Fog –en referencia a los gases venenosos empleados en la batalla-, uno de los mejores temas del álbum, ideal para hacerse una idea de por donde van los tiros, nunca mejor dicho. Atención al visceral comienzo y las partes melódicas central y final.

Agazápate en la trinchera, protégete el cráneo y el paquete -el intestinal- ... y dale al play


2.- Ablaze in Hatred – The Quietude Plains (2009)
8,5 / 10

¿Estás en medio de una mala racha? ¿Tu pareja te ha dejado sol@ ante la hipoteca? ¿Se te ha muerto el canario? ¿Eres víctima del último recorte salarial? Resumiendo: ¿Estás deprimido, pero deprimido de verdad? ¿No le ves mucho sentido a tu existencia? Pues bien: Este NO es tu disco. Te ruego encarecidamente que no lo escuches, o de lo contrario "la sangre de tu tristeza contigo paseará" (Gabinete Caligari dixit.)

It is time to call the moaner of your bereavement.
Helpless are the steps, so long is the path
to your death, to the closure of life


(Es hora de llamar a la plañidera de tu duelo.
Impotentes son los pasos, tan largo es el sendero
a tu muerte, a la clausura de la vida.)


Ablaze in Hatred son un grupo finlandés que practican Doom Metal, una rama del Metal más extremo especializada, entre otras cosas, en transmitir sensaciones de desasosiego existencial, desesperanza y bajonazo anímico total. En pocas palabras, de no tener ganitas de ná. Para ello se sirven casi de forma exclusiva de ritmos abrumadoramente lentos y pesados, musicando así aspectos como la tortura del alma, el ocaso del placer, la inminencia del doloroso pero inexorable final... Eso sí, de alguna manera estos tíos se las arreglan para que todo este catálogo de penalidades suene con una belleza tan extraña y desasosegante como atmosférica y embriagadora. Es la melodía del alma atormentada, de la triste resignación a la pérdida de toda dicha.

How any life could ever see
the light here in the deep?

(Cómo podría alguna vida alguna vez
ver la luz aquí, en lo profundo?)


The Quietude Plains es su segundo trabajo –el primero también es buenísimo-, y obviamente no es un tipo de música para poner en cualquier sitio, a no ser que quieras que tus amigos te miren raro –algo a lo que uno ya está acostumbrado, dicho sea de paso-. Ablaze in Hatred no van a llenar estadios ni pabellones, así como tampoco van a vender millones de discos, algo habitual por otra parte en estos estilos. Quizá por eso no les llegue para hacer un vídeo promocional al uso, por lo que sólo queda poner el típico de imagen fija y dar un paseo a través del silencio.

8 de julio de 2010

Trilogía sobre Publio Cornelio Escipión, Africanus - Santiago Posteguillo



1 - Africanus. El Hijo del Cónsul (2006)

2 - Las Legiones Malditas (2008)

3 - La Traición de Roma (2009)

10 / 10


Hacía tiempo que no ponía nada sobre lecturas, y aquí está la explicación. Unas 2.500 páginas llenas de épica y honor, de intrigas y traiciones, de crueldad y magnanimidad y de sangre, mucha sangre, en el contexto de uno de los conflictos quizás más decisivos que en la Historia se hayan dado, han tenido la culpa del retraso. Poco coherente hubiera sido comentar por separado cada uno de estos volúmenes, habida cuenta de la clara (y lógica) línea argumental que esta trilogía sigue. He preferido concluir el segundo volumen –ahora lo explico- para hacer un comentario sobre la historia en su totalidad, que abarca toda una agitada y apasionante existencia, como fue la que vivió Publio Cornelio Escipión, Africanus, el mayor general de la historia de Roma, quizá sólo superado posteriormente por el más “mediático” Julio César.

De momentos decisivos, puntos de inflexión y encrucijadas históricas está nuestra existencia repleta. Nunca sabremos qué hubiera pasado en determinados momentos de la Historia de la Humanidad en los que el devenir de los acontecimientos dependió, quizá, sólo de pequeños detalles: decisiones –aciertos, errores, suerte...- que determinaron la posterior dirección de los hechos en un sentido u otro, especialmente en lo que al campo de batalla se refiere. Así, sólo podemos especular con el semblante que mostraría hoy Europa si el Islam no hubiera sido frenado en Poitiers por Carlos Martel en 732 ó en Viena casi 800 años después. Y si las tropas aliadas no hubieran conseguido doblegar la locura expansionista de Hitler, desembarco en Normandía mediante, ¿cómo sería hoy la vida en Occidente?

Como sólo soy un frecuente lector de textos relacionados con la Historia no pretendo, ni mucho menos, erigirme en entendido sobre este tema en cuestión, con lo cual, y pese a que procuro documentarme respecto de las cosas que aquí escribo, seguramente meteré algún que otro patazo. Puede que uno de ellos sea considerar las Guerras Púnicas en su conjunto como un hecho decisivo en la Historia, equiparándolo a los ejemplos antes mencionados. Sin embargo, y a la luz de la lectura de esta trilogía, no puedo dejar de plantearme qué hubiera pasado si el resultado de esa contienda hubiera sido finalmente favorable a Cartago, teniendo en cuenta el inmenso legado cultural que dejó Roma para la posteridad de Occidente y las profundas diferencias con la potencia rival. Una vez más, sólo podemos especular con lo que hubiera pasado en ese caso.

Bueno, pues tenemos al personaje de Escipión Africanus como eje central de la obra, basada en su vida y también en buena parte de la denominada Segunda Guerra Púnica, con Cartago intentando recuperarse del batacazo sufrido en la primera de esas guerras. Para ello, los descendientes de los fenicios ponen sus ojos en la fértil Hispania –que ya era un apetecible destino turístico por aquella época-. Los cartaginenses se empeñan en tomar Sagunto, aliada de Roma aunque dentro del pactado radio de acción cartaginés. Roma conmina a Cartago para que deponga su actitud, ésta se niega y... Casi al mismo tiempo, al otro lado del mundo, Antíoco III de Siria va dando forma en su cabeza a la idea de recuperar los territorios que pertenecieron al imperio de Alejandro Magno, mirando con desdén el creciente poderío de aquella ciudad que se impone en Occidente.

A partir de ahí, comienza un relato de un enorme poder de seducción, novelando de forma magistral una epopeya tras otra, y donde también alcanza gran protagonismo, como no podía ser de otra forma, Aníbal, el líder absoluto del ejercito cartaginés. El general que, cruzando los Alpes con su gigantesco ejército y su manada de elefantes, puso en jaque a la misma ciudad de Roma, cuya población llegó a recurrir al sacrificio humano para ganar el favor de los dioses ante la amenaza real de su destrucción. Comienza también el rosario de intrigas entre los diferentes grupos senatoriales, con Fabio Máximo y luego Marco Porcio Catón encabezando con su retorcida astucia la facción enemiga de los Escipiones. Un intenso periodo de la historia de Occidente narrado a la perfección, que te traslada al mundo conocido del siglo III AC.; a las calles de Roma, a su Senado; a las abruptas junglas que cubrían la Hispania todavía por conquistar; al abrumado y decadente Egipto gobernado por los Ptolomeicos; a las amplias llanuras de Anatolia, dominadas por Antíoco III y su caballería acorazada; a campos de batalla donde inmensos ejércitos chocan con una brutalidad inimaginable, dejando montañas de cadáveres pasto de los buitres...

A pesar de la clara línea narrativa de la trilogía, no veo imprescindible seguir los volúmenes en el orden de publicación. De hecho, comencé por el tercero –regalazo de Reyes-, y terminé por el segundo. Con habilidad, el autor –al que desconocía por completo y por el que declaro mi rotunda admiración- te va poniendo al día de los acontecimientos previos. Otro punto más a favor de un trabajo que va más allá de la novela al uso: un auténtico legado cultural fruto de una inmensa labor, que ha sabido combinar con maestría historia y ficción.

9 de junio de 2010

Un disco: Black Clouds & Silver Linings - Dream Theater (2009)

10 / 10

Allá por 1992, Dream Theater entraron en una corriente de inspiración que enseguida tomó la forma de un grandioso álbum bautizado como Images and Words, monumento a esa exclusiva forma de entender y hacer música conocida como Rock Progresivo, estilo que, con las oportunas dosis de contundencia sonora, había dado a luz a un fornido vástago llamado Metal Progresivo. Aquella veta de inspiración, afortunadamente, dio para mucho más, concretamente para propiciar memorables trabajos entre los que destaca por encima de todos, en el más esplendoroso cénit de la creatividad, Metropolis 2: Scenes from a memory, obra maestra total, digna de ser llevada a aquella isla desierta de la típica pregunta sobre discos favoritos. Afortunadamente, esa inspiración dura hasta nuestro días, porque el Teatro del sueño lo ha vuelto a hacer y ha creado otra joya para añadir a su ya larga lista de genialidades: Black Clouds & Silver Linings es su décimo trabajo en una discografía que, lejos de auto repetirse disco a disco, sigue sometida a un mágico in crescendo.

Opino que a los discos en general hay que darles su tiempo y las escuchas necesarias para asimilarlos y calificarlos como se merecen. Son raros, y hablo de mi experiencia personal, los discos que entran a la primera y de un tirón, y ni siquiera eso garantiza que pasen a formar parte del panteón de Discos Idolatrados (el Painkiller de Judas Priest sería una de esas rara avis: el mejor disco de la historia del Metal ahora y en la hora en que lo oí por primera vez. El ya mencionado Metropolis 2... también. Ya habrá tiempo de dedicarles unas líneas a tan inmortales plásticos). Esta máxima cobra mayor sentido cuando hablamos de un estilo musical que tiende a lo complejo y elaborado como es el Progresivo, y es ni más ni menos lo que ocurre con los discos de DT., incluido este que nos ocupa: una primera escucha que te deja un tanto frío, seguidas de otras en las que vas descubriendo que no estás oyendo cualquier cosa, y la toma de conciencia final de que lo que tienes alojado en tu reproductor es una auténtica pasada, como es el caso. Pero vayamos un poco por partes.

En los 75 minutos de Black Clouds & Silver Linings se amalgaman contundencias, sensibilidades, virtuosismos instrumentales y atmósferas absorbentes repartidas a lo largo de 6 temas (hablo del cd. original, ya que también salió a la venta un paquete con las partes instrumentales, versiones, etc... Esta gente lo hace todo a lo grande, ya veis) en los que se habla de muchas cosas, la mayoría de ellas de índole personal: El homenaje al padre recientemente fallecido –The best of times, quizá el mejor tema del disco, seguido a corta distancia por todos los demás-; la angustia del escritor que ve mermada su creatividad –Wither, hermosísima canción que tiene la facultad de ponerme el vello de punta cada vez que la escucho; traumas infantiles provocados por accidentes de tráfico –A night to remember, que abre el disco-. También se cuentan historias extrañas, sobre ritos masones y condes misteriosos –A rite of passage, quizá el tema más heavy, aunque quizá también el menos bueno, y The Count of Tuscany, otra monumental joya que cierra el disco con sus casi 20 minutos de duración.

Mención aparte merece el tema The Shattered Fortress, por lo buenísimo que es y por la historia que encierra. Resulta que el batería del grupo, Mike Portnoy, siguió el sistema de 12 pasos de Alcohólicos Anónimos para superar su adicción a empinar el codo. Este periplo personal ha ido plasmándose musicalmente a través de varias composiciones incluidas en sus anteriores discos, que culminan en Black Clouds... con The Shattered Fortress, paso número 12 y final del programa de rehabilitación. El tema es sencillamente genial, pues se trata de una especie de collage donde suenan partes reelaboradas de las entregas anteriores a modo de colofón, con pasajes sencillamente bestiales como el comienzo del tema, en plan locomotora que lo arrolla todo a su paso. El conjunto de todos estos temas dedicados a las consecuencias de abusar del bebercio tiene nombre: 12 steps suite, y no me extrañaría nada que pronto salga a la venta un cd. con el trabajo completo, así como que la banda lo toque entero en sus conciertos, si es que no lo han hecho ya.


Termino ya, que voy de cabeza a la enésima inmersión en este discazo. Quizá descubra con esta nueva escucha que el mejor tema no es The best of times, sino The Count of Tuscany... o cualquier otro, que las obras maestras tienen esas cosas. Eso sí, antes de terminar proclamo a los cuatro vientos que Dream Theater son ahora mismo, y desde hace ya años, la mejor banda de rock del planeta. No puede ser de otra manera dada la tremenda creatividad que demuestran disco tras disco y reuniendo en sus filas a los mejores instrumentistas posibles. John Myung al bajo, Jordan Rudess a los teclados, John Petrucci a la guitarra y Mike Portnoy a la batería hacen que el voceras James Labrie parezca solo un buen cantante. Dicho esto, mirad el vídeo de Wither, y disfrutad.

(Por el momento, no hay posibilidad de insertar el vídeo, así que ahí va el enlace)


http://www.youtube.com/watch?v=-boKk8uhmcY